Desayuno con Dios (I)

por Juan Pablo Rebollo, LC

Mientras nos preparamos para la fiesta del Sagrado Corazón circulan muchas imágenes –por cierto, las más de las veces bastante refinadas o afectadas—de Jesús presentando su corazón ardiente y coronado de espinas. Obviamente reconozco el valor que pueden tener las imágenes para la piedad popular, pero por alguna razón no corresponden a la imagen que yo tengo.

Para mi tranquilidad sé que a varios de mis hermanos legionarios les sucede algo parecido. Cuando les he preguntado cómo se imaginan, por ejemplo, a la Virgen de los Dolores, en cuya presencia hicimos nuestra profesión religiosa y a la que está dedicada la Congregación, ninguno me ha dicho que se la figura vestida de negro, con el rostro contraído de dolor, bañada en lágrimas y con el corazón atravesado por siete espadas, como muchas veces la piedad popular la representa.

Algo sucede entre nosotros que nos lleva más allá de las representaciones tradicionales para contemplar e intuir el misterio que esta advocación encierra. Nos resulta más familiar y cercana la Virgen Madre, sufriendo lo indecible pero de pie, como Virgen fiel, al pie de la Cruz de Cristo. La vemos acogiéndonos como hijos suyos en la persona de Juan, el discípulo amado, por encargo de su Hijo.

Si preguntara ahora, cómo imaginan al Sagrado Corazón de Jesús, ¿qué sucedería? Creo que difícilmente acaba de convencernos alguna de las imágenes de las que hablaba al principio. El Sagrado Corazón nos habla de la humanidad misma de Jesús, de su trato lleno de bondad y misericordia con sus apóstoles, y con todo hombre o mujer con quien se encontrara.

Un hermano me dijo, “para mí la imagen del Sagrado Corazón podría ser la del ‘Cristo Legionario’”, pero en seguida otro comentó: “a mí me parece que a ese Cristo le faltaría algo… las llagas. El fundamento de esta devoción lo encontramos sobre todo en el momento en que, al final de la Pasión, una lanza atravesó su costado y quedó su corazón físicamente y místicamente herido”.  Y es que precisamente porque ha sufrido hasta ese extremo, que se ha hecho solidario con nuestras penas y sufrimientos; con sus llagas hemos sido curados (Isaías 53, 5). Él ha sido probado en todo igual que nosotros, no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas (Hebreos 4, 15).

Le he dado vueltas y creo que es así. El Sagrado Corazón está marcado por las llagas. Pero hay que resolver un problema: el Sagrado Corazón está vivo y palpitando de amor y compasión por nosotros, y el corazón que la lanza traspasó estaba ya inerte, en el pecho de Cristo muerto. Entonces, ¿qué imagen tenemos de ese corazón vivo y palpitante y a la vez herido, y por eso, lleno de comprensión y misericordia para con nosotros?

He encontrado mi imagen del Sagrado Corazón, en una mañana serena, varios días después de la resurrección, a la orilla del Mar de Galilea. Cristo, Vencedor de la muerte y del pecado, después de haber abierto los infiernos y las puertas del Cielo, disfruta acompañando en silencio la jornada de sus amigos más íntimos y hace fecunda su labor; es Dios y prepara y comparte el desayuno con ellos, y, deseoso, se lleva a parte a Pedro, no tanto esperando “reparación” sino ansiando regalar su perdón, su paz y su misericordia, que restauran y preparan a Pedro para la misión que le será confiada.

[Continuará]

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