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De dolor, muerte y tanatología

De muchas formas se ha descrito al ser humano. Lo hemos catalogado como un animal racional, como una célula que forma parte del estado, como un horizonte vertical o, simplemente, como un animal bípedo sin plumas. Sea como sea, todos estaremos de acuerdo en algo: el ser humano es un misterio fascinante.

Desde que el hombre ha sido hombre, hemos encontrado la manera de trascender nuestra  condición material. De ese encuentro cotidiano con nosotros mismos surgen las preguntas que definen nuestra existencia: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Existe algo después de esta vida? ¿Cuál es el sentido del sufrimiento?

El hombre se nos presenta como un misterio que produce misterios. Un buscador de la verdad, la bondad y la belleza. Un ser abierto al infinito y con un profundo llamado a lo eterno. Pero el hombre se contempla a sí mismo como un ser débil, limitado, sujeto al tiempo-espacio. El amor le da un sentido a su existencia, pero sabe que amar duele porque todo cuanto ama está destinado a perecer.

Contemplamos la naturaleza y nos dejamos maravillar por su hermosura, pero nos invade una nostalgia que nos recuerda la caducidad de todo lo creado. La flor más bella se marchita, los besos de una madre en esta vida están contados y sabemos, en el fondo, que los ojos de aquella persona amada, algún día, también se apagarán. Dum loquimur fugerit invida aetas (Horacio, Odas, I, 11, 7)

La muerte nos humilla con su insondable misterio. Nuestra condición de espíritus encarnados se resiste a creer que el sentido último de nuestra vida es la muerte. Sin embargo, la muerte nos sobrepasa. ¿Cómo afrontar el sufrimiento? ¿Cómo superar la defunción de un ser querido? ¿Cómo superar el dolor de una pérdida? Le corresponde a la Tanatología responder a estas preguntas.

La tanatología es la ciencia que estudia el arte del bien morir. La misión del tanatólogo consiste en ayudar al enfermo terminal a que muera con plena aceptación, dignidad y paz. Pero el paciente no sólo se reduce al enfermo, sino también a la familia. No sólo al enfermo terminal, sino también al sano que, al recitar el monólogo de Hamlet, sufre la tentación de optar por el no ser (Hamlet, III).

La muerte cobra un sentido cuando se le ha dado un sentido a la vida. La muerte, el dolor y el sufrimiento representan realidades ineludibles que, si bien nos sobrepasan, debemos afrontar con valor y serenidad.

La muerte se nos presenta como el desenlace de una vida. Es el broche de oro que da sentido a todo cuanto hemos hecho a lo largo del camino. Si la vida no tuviese un final, nuestras acciones carecerían de sentido. La realidad del tiempo finito representa uno de los motores naturales de nuestro actuar. Si el tiempo no se acabase, el ser humano tendería a postergar sus decisiones y, por consiguiente, sus actos. Estos carecerían de un valor meritorio inmediato. El reto de la vida se extinguiría. El deseo de aprovecharla sería un absurdo. El valor de la misma sería medido en miserias.

El dolor es parte de nuestra condición humana. El dolor físico nos sirve para detectar problemas psicosomáticos. Este estímulo nos mantiene con vida. Es decir, ¿qué haríamos si no fuésemos capaces de sentir una quemadura o una apendicitis? Por otra parte, tenemos el dolor psicoafectivo. Este es el dolor que nos concierne más directamente. La consciencia de este dolor genera sufrimiento. La tristeza, el enojo, el miedo, la frustración, la culpa. Todo ello puede acompañar el proceso de duelo ante una pérdida.

El sufrimiento, el dolor y la muerte son un misterio. Pero también son una escuela perene de vida. Generan un encuentro profundo con las realidades más recónditas de nuestro ser. La búsqueda de un sentido se encuentra al afrontar el problema, no querer opacarlo con nuestras miras cortas. La libertad juega un papel fundamental en el proceso de afrontar el sufrimiento. Y la educación, determina mucho de lo que será nuestra última batalla con la muerte.

Obviamente, el modo de afrontar esta realidad depende del concepto que se tenga de muerte. Para un nihilista, como Jean Paul Sartre, la muerte es un absurdo, el culmen de una vida sin sentido, un salto al vacío.  Para el monje budista, la muerte es afrontada con prácticas meditativas de relajación interna. La cercanía de la muerte se ignora por miedo a que el alma sea perturbada con un deseo inconcluso. Para la persona religiosa, la muerte es una nueva vida. Una apertura misteriosa al infinito.

Sea cual sea el enfoque del paciente, la tanatología busca recorrer un camino de acompañamiento. Muchas veces, este camino se basa en el modelo propuesto por la Dra. Kübler-Ross: negación, enojo y rebeldía, depresión, negociación, aceptación.  La clave está en no perder de vista la dimensión espiritual de la persona, la cual se debe distinguir de una dimensión meramente religiosa.

El punto de partida es, y siempre será, la persona. Siendo cada individuo único e irrepetible no sólo en su historia, sino en su modo de afrontarla, es importante darle su espacio. La labor del tanatólogo es más de acompañante que de guía. Como Moisés, tendríamos que quitarnos las sandalias, pues nos movemos por terreno sagrado. El terreno sagrado de las almas.

Al final, ante el misterio del dolor y de la muerte, poco se puede decir. Pero quizás, ahí se encuentra el secreto. No en preparar grandes discursos, sino en decir con tu presencia: “te acompaño en tu dolor”.

 

 

Hijo de Dios. Católico convencido. Buscador del Bien, de la Verdad y la Belleza.

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2 Comments

  • Blanca jauregui

    31 enero, 2016 at 17:21

    gracias H. Javier Dios le bendiga siempre, esperamos sus siguientes escritos inspirados por Dios. me ha ayudado a interesarme por darle mas sentido a la vida y a la muerte. y quiero estudiar tanatolgia .gracias

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