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De Buenos Aires a Nuevos Aires

Por José Pablo Poblete LC

“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5). Estas palabras resuenan siempre jóvenes en la Iglesia gracias a la perenne acción de Cristo en ella. Dios ha prometido no abandonar nunca a su pueblo y por ello deja el Espíritu Santo que aboga por su vitalidad y santidad a través de los siglos. Prueba palpable de esto se puede ver cada día a través del testimonio que está dando el Papa Francisco en sus diversas acciones. Desde sus primeros gestos de humildad al ser elegido Sumo Pontífice hasta el reciente viaje a Tierra Santa, todo brilla con un cierto aire de nueva esperanza, de fresca vida en la sangre de la Iglesia. Es el Papa que viene de Buenos Aires para sembrar nuevos aires en la Iglesia.
Uno de los momentos más incisivos de estos nuevos aires es ciertamente la exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, caracterizada por verbalizar con nueva fuerza y con un vivo lenguaje lo que transmitió Cristo dos milenios atrás en las tierras de Medio Oriente. El Evangelio es alegría para los que lo viven, pero no una alegría como la que da el mundo, sino una nueva, nacida de la confianza de estar cimentados en una roca firme incluso en medio del mar tormentoso.
En la Exhortación el Papa comenta cómo el católico tiene que trabajar su viña para que dé frutos (n. 82). No existen tierras que germinen semillas sino han sido precedidas por jornadas de sudor y sol. Y en este cultivo afanoso Francisco propone seis condiciones para trabajar con la auténtica alegría del Evangelio: no dejarse seducir por planes irrealizables, aceptar con paz la evolución de los procesos, no apegarse a los sueños y a la vanidad de los cultivos, no perder el contacto con el pueblo, y sobre todo, saber esperar. Seis elementos que combinados entre sí producen el ciento por uno en el gozo de la propia fe. Seis elementos que se aplican a diario en el mundo del trabajo agrícola, y que hay que saber trabajarlos también en el alma.
Pero Francisco va más lejos, porque una vez que el católico consigue estos frutos viene el segundo paso, el de ser fecundos en la evangelización. Todos somos discípulos misioneros (n. 119), ya que por el bautismo estamos inscritos en la misma misión de llevar a Cristo a todos los hombres. El transmitir la alegría del Evangelio implica ir a todo el mundo (n. 115), y no solo con aquellos que resulta más fácil el trato y que coinciden con nuestros intereses. Es enorme el reto que propone el Papa, pero él sabe que no vamos solos, por eso aclara al final de la exhortación que es trascendental para cada católico hacer la experiencia vivencial de Cristo. El cambio de vida está en encontrarse con el Señor presente. El verdadero católico “sabe que Jesús camina con Él, habla con Él, respira con Él, trabaja con Él” (n. 226). Solo haciendo de este encuentro con el Señor algo real en el alma podrá el católico realmente transformarse en el discípulo misionero que la Iglesia espera y que Cristo necesita.
Por eso el bautizado debe tomar en las manos su responsabilidad ante Dios y pasar de la idea a la realidad, para superar el horizonte de la mera palabra (n. 231) y poner así fuego en tantos corazones que viven ahogados en los monzones de sus pasiones. El tiempo de la Nueva Evangelización tiene fecha asignada, y es hoy. Las almas no esperan un mañana, que podría llegarles tarde, hay que salir a vivir la alegría del Evangelio, hay que salir a sembrar los “Nuevos Aires”.

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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