Cuidando la propia casa

“Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».” (Jn 18,33-37 / Jesucristo Rey del Universo B)

 

 

Fin de año. Fiestas. Navidad. Vacaciones. Y, para muchos, un buen viajecito… al menos a la playa… algún domingo… No importa cuándo salimos de casa ni si nos vamos de viaje por una semana entera o si salimos a comprar una paleta a la tienda de la esquina. Hay una cosa en común para cualquier salida de casa: la puerta se deja cerrada… a menos que sean como nosotros, en la comunidad de padres, que a veces nos vamos y el portón queda abierto.

Todos sabemos que hay que cerrar la puerta. Sí. Los bienes ajenos se deben respetar, pero si dejo la puerta abierta seguro algún transeúnte se verá tentado de entrar a echar un vistazo… y quizá llevarse algo a su casa. Si no quiero que nadie entre a robar, cierro la puerta. Estoy atento. Me protejo. Me cuido. ¿Por qué? Porque me importa mi casa. Aprecio todo lo que hay dentro. No quiero perderlo.

Nosotros no tenemos sólo una casa física: también tenemos una casa espiritual. Nuestra alma no es sólo nuestra casa, también es la casa de Dios. Pero a veces no la cuidamos tanto. Dejamos la puerta abierta todo el tiempo. No sólo dejamos la puerta abierta: ¡Invitamos a entrar a desconocidos e incluso a personas o cosas que ya vienen con mala intención! Cuidemos también nuestra alma. Sepamos cerrar bien las puertas y ventanas: los ojos, los oídos… todos los sentidos. Lo que llevamos dentro es muy valioso, más valioso que todo lo que hay en la casa que vivimos. Dentro de nuestra alma vive Dios: no dejemos que entren a robárnoslo.

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