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Cuentos de Navidad 2014- “Un 24 de Diciembre”

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Con el fin de resolver uno de los más grandes enigmas de los últimos dos siglos, Fabricio concibió un plan majestuoso, casi carente de errores, casi carente de dificultad, casi carente de simplicidad, casi carente de planificación. El proyecto de investigación definía milimétricamente y macro-métricamente, los diversos pasos a seguir para el descubrimiento de la verdadera identidad de ese hombre grande, barbón, cachetón, gordinflón, risueño , de grandes ropas roji-blancas, que acapara los medios de comunicación y los espectaculares de las avenidas principales el doceavo mes de cada año; ese extraño habitante del extremo norte del globo, el cual, es comúnmente conocido por la comunidad internacional como “Santa Claus”.

Los primeros pasos de tan grandilocuente empresa, consistían en la investigación minuciosa de la relación entre este extraño-hombre-no-identificado —por sus siglas en español conferidas por Fabricio: EHNI— con las festividades de los últimos días de diciembre. Fabricio era pequeño, tenía tan solo siete años, y escuchaba mucho de sus papás sobre la denominada “Navidad”. Ésta se celebraba las vísperas del veinticuatro de diciembre, y todo el día veinticinco. «En ese día, Santa tiene una misión muy importante que cumplir», le decía su madre. «Viene desde el Polo Norte, y entrega regalos a los niños que se portan bien y obedecen a sus papás, sobre todo a su mamá».

Desde entonces, Fabricio se preguntaba cuál era el significado profundo en esos días. Desde su muy temprana edad, le corría por sus venas la sangre investigadora de su padre. «Iré al polo norte y descubriré la verdad, veré dónde vive ese tal, qué es lo que hace y por qué lo hace», se dijo.  Así que se encaminó la madrugada del veintiuno de diciembre al mismísimo Polo Norte. Preparó su maleta. Sólo llevaría lo necesario: dos cambios de ropa, la pijama de spider-man, sus guantes y un gorro para el frío; para comer portó consigo una dotación de paletas de caramelo rellenos de una sabrosa y energizante goma de mascar, sin olvidar los chocolates rellenos de cacahuate y caramelo para la robustez. Nada más nutritivo podría llevar a la aventura.

En el camino, conoció a una pequeña criaturita verde que rondaba solitaria por la calle: medía menos de un metro. Resaltaba a la vista la inmensidad de tamaño de sus pies que contrastaban con su pequeña estatura. Éstos estaban cubiertos por exóticas botitas rojas que, en la punta, presentaban soberbiamente un par de cascabeles dorados. Era delgado —muy delgado— y su cabeza tenía la forma como la de un trompo, como aquellos con los que Fabricio jugaba en el verano. Le preguntó su nombre. «Me llamó Erné». Después de unapomposa presentación, tuvieron una interesante conversación. Poco después, y gracias a las artes persuasivas del pequeño Fabricio, manó la destacada identidad de aquel hombrecillo colorido: era —se decía— colaborador de Santa Claus, el sujeto investigado, el objetivo de su viaje.

«Puedo llevarte con él», le dijo con un tono amigable. Así que, sin vacilar, se abandonó a las directrices de Erné para lograr su cometido. Mientras recorrían el camino, Fabricio le cuestionaba sobre la naturaleza de su patrón. Erné respondía diciéndole lo mismo que Fabricio escuchaba en su casa, con la pequeña y significante variante de su nombre. «No se llama Santa Claus, sino San Nicolás». También le desmintió el mito de la ropa roja, sustituyéndolo por un atuendo dorado de una sola pieza y un par de franjas blancas con forma de cruz griega que se detenían del cuello y bajaban hasta el pecho.

Aquel era un primer descubrimiento que le motivaba a seguir con más ahínco su senda. Progresivamente, Fabricio iba desmenuzando más información sobre su paradero. «Él vivió hace mucho tiempo en Europa y Turquía, y ayudaba mucho a los pobres, por lo que El Jefe lo premió y le concedió una misión hermosa». De su declaración brotó otro interesante concepto: “El Jefe”. ¿Quién será Ése? ¿Podría conocerlo? «Te llevaré hacia el trineo de San Nicolás, te esconderás ahí y por tus propios ojos verás a qué se dedica». Así que Erné aceleró el paso y Fabricio notó que poco a poco iban elevándose y sus pies se separaban gradualmente de la banqueta. Observó cómo las imágenes que a sus ojos se presentaban se hacían cada vez más difusas, en la medida en la que la velocidad del vuelo aumentaba. A cierto punto, se veía sumergido en una especie de torbellino-tobogán que lo transportó imperceptiblemente a una nueva tierra coloreada de blanco.«Bienvenido al Polo Norte», dijo Erné. Poco a poco aterrizaron en la suave y helada superficie cubierta de nieve. Llegaron exactamente para el día veinticuatro.

Fabricio divisó a lo lejos una cabaña. Afuera de la misma, estacionado, se encontraba el famoso trineo.  Era grande, espacioso, pero no tan despampanante como lo plasmaba la mercadotecnia moderna. «Métete en la parte de atrás y espera a que llegue». Después, Erné se despidió, le deseó suerte y, sobretodo, deseó que su proyecto de investigación encontrara buen término. Le ayudó a subirse. De un salto, se adentró en el trineo, alzó rápidamente la mirada para decirle adiós a su nuevo y extraño amigo, pero éste había desaparecido del horizonte. Ahora Fabricio se encontraba dentro del trineo. No había nada dentro de él. Sólo percibió un pequeño paquete. «De seguro que es un regalo», pensó.

Se tambaleó al escuchar un portazo que provenía desde la cabaña. Alzó la mirada para entrever quién era. De forma diluida por la neblina que había, alcanzó a distinguir una figura humana. Fue acercándose al trineo. Se montó a él y comenzó a conducir el trineo. No había duda: era San Nicolás. «Fabricio, sé que estás ahí dentro», le dijo. «sé que buscas la verdad y te la mostraré». Así que se embarcaron en un viaje largo pero deleitable, en cual le contaba poco a poco porqué se le denominaba con el prefijo “San”. Le refirió algo sobre “El Jefe” y sobre la misión que le encomendó. Le explicó lo crucial que es este día para la humanidad, y que esa misión no solo le pertenece a él, sino a todas las personas que verdaderamente quieren ser felices. «Hemos llegado a nuestro destino», notificó el santo.

Llegaron a una tierra desértica. Era ya de noche y hacía frío. A lo lejos, al interno del gran mosaico de estrellas que decoraba el cielo, presidía una gran estrella, brillante, esperanzadora, emanadora de alegría y de paz. Bajaron la velocidad y la altura de vuelo del trineo, en vistas a un próximo e inaplazable aterrizaje. Se acercaban poco a poco a una pequeña cabaña solitaria, que resaltaba por un cerrito. Bajaron del trineo. «Toma el regalo», le dijo San Nicolás a Fabricio «He aquí el verdadero sentido de esta fecha, el sentido de mi vida, de la tuya y el sentido de mi misión». Se adentraron en la cabaña y la escena era no muy espectacular, a decir verdad, era muy sencilla: una señor de aspecto humilde, en silencio, custodiaba a su esposa, la cual, tenía en brazos un niño recién nacido. La mujer era hermosa e inspiraba ternura, era muy jovencita en comparación con el señor.

Estaba encantado en la contemplación de esa escena. En eso, vio que San Nicolás se acerca al humilde recinto de aquella familia y se arrodilló de frente al Niño. «Gracias por venir a salvarme, a salvarnos; gracias por amarme tanto: Feliz Cumpleaños, Jesús».

Fue en ese momento en donde la investigación de Fabricio llegó a su culmen: Después, se dió cuenta de que San Nicolás ya no estaba. No es que ya no estaba, sino que nunca estuvo. ¿Era acaso esto un sueño? En realidad no. Se encontraba sólo frente a ellos, frente a Él, frente al Niño. Era real: ya no había trineos, ni criaturitas verdes, ni Polo Norte, él y La Familia.

Tenía en la mano el regalo que estaba en el trineo. Se acercó y le dijo: «Gracias por venir a salvarnos. Feliz Cumpleaños, Jesús». Y le entregó su regalo: era su propia vida.

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