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Cuentos de Navidad 2014 – Según un padre…

Mi hijo nació el 9 de diciembre de 1999.  Lo llamamos Pedro.  ¡Qué gozo su vida dio a Ana y  a mí!  En la Nochebuena el párroco lo bautizó y así nació, espiritualmente, el mismo día que Jesús.  Y su nacimiento fue para mí un milagro casi de la misma importancia.  Ante nuestros ojos crecía con rapidez y vigor.

Cuando tenía ya cuatro años empecé a hacer muchas actividades ‘padre-hijo’ con Pedro.  Me encantaba su inocencia, sencillez y vivacidad.  Recuerdo bien la primera vez que le compré un balón de fútbol y sus primeros intentos de jugar.  Fuimos a partidos de fútbol con frecuencia y otras veces acampamos alrededor de un río cerca de casa.  Ana le hablaba mucho de Dios y le enseñaba a hacer pequeñas oraciones durante del día.  Tenía una tendencia marcada a la piedad.  Una cosa que a Pedro le gustaba mucho eran las caminatas que hacíamos al atardecer.  En estos momentos nos preguntaba sobre todo, como es normal para niños de su edad.

Una noche de enero de 2004, Ana, Pedro y yo caminábamos por un parque.  Soplaba suavemente una brisa fría y seca.  El sol había desaparecido bajo el horizonte, y sólo nos acompañaba la luz argentosa de la luna y las estrellas.  En el invierno el cielo parece muy claro al ojo y las estrellas son mucho más lucientes.  Pedro volvía su mirada hacia arriba, impresionado.

«Mamá,» le dijo a Ana, « ¿Por qué hay estrellas?»

La respuesta de Ana me pareció muy sencilla—yo nunca hubiera dicho algo semejante. —   Replicó así: «Pedro, ¿no sabes que las estrellas son luces de Dios?  Son signos del amor de Dios en el mundo.  Recuerda que en el cuento de Navidad los magos encontraron a Cristo con la ayuda de una estrella brillante.  Les condujo a Cristo.  Dicen que esa estrella era un ángel enviado por Dios para guiar a los hombres a Jesús.  En una noche como esta Dios nos está mirando con mucho amor y cariño a través de sus estrellas».  Luego regresamos a casa.  Olvidé en seguida esta pequeña catequesis y la vida continuó sin grandes cambios.

Pero, unas semanas más tarde, algo sucedió que me tocó hasta la médula.  Regresé a casa el 5 de febrero y encontré a Ana muy agitada.  « ¡Ven  pronto!», me dijo, «algo le ha pasado a Pedro y yo no sé qué es».  Pedro estaba yacía en el sofá.  Se veía un poco pálido.  Ana le levantó su camisa.   En su hombro izquierdo vi un bulto de amarillo pardusco.  « ¿Te duele?»  «Sí».

Lo llevé al médico.  Miraba al bulto con un ceño fruncido.  «Parece muy serio, pero no quiero decir nada definitivo.  Vayan al hospital para un análisis especializado».  Fuimos a toda prisa.  El resultado del diagnóstico me aplastó.  Era cáncer.

Fuimos de médico en médico buscando una solución.  Le acompañamos a quimioterapia durante tres meses, pero nada funcionó.  Su condición cambió de mal a peor.  Cuando los doctores le dieron unos meses de vida, empecé a echar culpa a Dios por todo esto.  Mi corazón se amargó contra Él, el único que podía permitir todo esto. Él que parecía haberse olvidado de mi niño y de nuestra felicidad. Ana continuaba rezando mucho.

En este período Pedro no decía casi nada y se hizo más y más taciturno.  No entendía lo que estaba pasando.  Ana y yo pensábamos que era mejor no hablar con él sobre la muerte, lo que podía pasar.  Pero en noviembre, cuando ya sólo le daban un mes de vida, Ana le dijo que en poco tiempo iría al cielo para estar con Dios.

«Oye, ¿es eso lo que pasa conmigo?»  Ana asintió con la cabeza. Y para nuestra sorpresa, Pedro sonrió. «¿Eso es todo?  No está tan mal si me voy a quedar con Dios».  Él cerró los ojos, perdido por un momento en su mente de niño.  «Y en el cielo voy a ser como una estrella para guiar a los hombres a Jesús».  Desde este instante Pedro cambió.  Su sufrimiento no le dejó de importar, y siempre llevaba una sonrisa llena del entusiasmo de sus primeros años.

Pedro, al menos, estaba contento.  Yo seguía con mis quejas, que no eran egoístas en absoluto.  No quería dejarlo ir. Era mío, mi niño sufriente.  ¿Dónde estaba la justicia de Dios en la enfermedad de Pedro?  Todavía estoy convencido de que el amante sufre mucho más al ver el dolor de su amado que el sufriente mismo.  Habría hecho cualquier sacrificio, pagado cualquier precio, aun con mi sangre, para aliviar los dolores de mi hijo…  Pero no podía hacer nada.

El 16 de diciembre su condición empeoró y lo llevamos al hospital.  Eran sus últimos días de vida.  La noche del 22 comenzó a sentirse muy mal y fue trasladado a cuidados intensivos.

«Papá,» me dijo, « ¿hay muchas estrellas esta noche?»  Fui a la ventana de la habitación.  El cielo estaba resplandeciente, cuajado de ellas.  «Sí, muchas,» le dije.  Me miró unos segundos y declaró, «Este año no voy a celebrar Navidad».  «No digas eso… claro que la vas a celebrar,» respondí con voz entrecortada.  « ¿Puedes leerme el cuento sobre la estrella de Belén?»  «Claro que sí».  Tomé la Biblia y empecé a leer:

 …he aquí que la estrella que los magos habían visto en el Oriente iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño.  Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.  Entraron en la casa, vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron… (Mateo 2, 9a-11b)

Cuando terminé de leer Pedro ya no me estaba escuchando.  Su dolor se había intensificado mucho y su respiración era forzada.  «Papá, desde el cielo… desde el cielo voy a llevar muchas personas para ser felices con Jesús.  Te esperaré allí».  Su voz bajó a un susurro.  Escuché las palabras: «Las estrellas me llevan a Dios.  Veo tantas… »  Cayó en coma y ya no habló más.  Una hora después había muerto.

Dos días después me fui a la misa de Nochebuena, llevando el corazón herido y magullado.  Sobre la entrada de la Iglesia había un letrero con palabras que me hicieron reflexionar hondamente.  Entré y me puse de rodillas.  En lo profundo de mi corazón recé, «Dios mío, perdóname.  Ahora lo entiendo todo».

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único…»  (Juan 3, 16)

Crédito de foto: Kela Truja

As I live out my consecration to God and preparation for the priesthood, I am convinced in the power of the 'way of beauty' mentioned by Pope Francis in Evangelii Gaudium n. 167. To learn to see beauty as an expression of God in all things helps us to fall deeper in love with him. And there is no better way to give the faith than inviting others to experience its beauty.

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