Cuentos de Navidad 2014 – Los tres puentes hacia Navidad (2ª Parte)

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por Javier Rubio

El segundo puente era de piedra.

Eso fue lo primero que vio Verónica cuando abrió los ojos. Un puente medieval, estrecho pero consistente, que se elevaba sobre un río de aguas limpias, iluminado por un sol agradable. A pesar de haber abandonado la oscuridad, Verónica no se sintió en absoluto deslumbrada. Al contrario, se sintió bañada por el sol, acariciada por la brisa templada y confortada por las risas y los gritos. Aquellas risas y gritos le devolvieron la fuerza que su lucha había consumido.

¿Risas y gritos?

Con sumo cuidado Juan le ayudó a enderezarse y a poner los pies en el suelo. Estaba descalza y alguien había cambiado sus trapos de trabajo por una túnica blanca, suave y muy cómoda.

-Gracias, Juan.

Juan le sonrió y repuso:

-Ha sido un placer, mi Custodiada… por un momento sentí que te perdíamos. Pero me alegro que seas fuerte. Porque eres fuerte. No cualquiera habría sido capaz de darle la espalda al puente en tus circunstancias. Y menos aún habrían sabido optar por la esperanza en medio de tus recuerdos. Este puente es mucho más fácil, aunque no del todo. Es agridulce, quizá. Pero más dulce que agrio, estoy seguro.

-¿Dónde estamos?

-El puente se llama “Apántesis”… no me lo digas, ya lo sé. Le dijeron a Platón que le pusiera el nombre a los puentes y…

-¿Pero qué es aquello?

-¡Ah! Aquello es el Hogar de los Niños Perdidos…

Más allá del puente se extendían unos campos llenos de flores y de árboles, con un puñado de casas aquí y allá, como pequeñas aldeas. Pero lo que más llamaba la atención eran los niños y las niñas. Miles y miles, de todas las edades infantiles, vestidos con todo tipo de ropas y disfraces, envueltos todos en una alegre algarabía de gritos y risas. Algunos jugaban, otros simplemente corrían de un lado a otro saltando y disfrutando, corriendo con todo tipo de animales infantiles: perros, vaquillas, cervatillos… Otros se sentaban en círculo mientras un joven les contaba cuentos. Otros, los más valientes, se acercaban al río a bañarse o a construir castillos en la arena, con ramas y cantos.

Verónica lo veía todo, extasiada. Y su corazón empezó a palpitar con fuerza.

-¿Quiénes son? –susurró.

-Son los hijos de la gran tribulación, se podría decir. Son todos los niños abortados del mundo. Cuando mueren, llegan a este país, en este rincón del Paraíso. Y aquí esperan a alguien que venga a buscarlos, a ponerles un nombre. Cuando crecen algunos prefieren marcharse al cielo y otros prefieren quedarse esperando…

Verónica sentía que sus ojos querían llorar, pero no podían.

-¿Y mi…?

-Sí, Verónica, tu hijo está aquí. Él fue el que me envió a salvarte.

Verónica asintió, pero ya no escuchaba. Su atención se concentraba en todos y cada uno de los rostros de aquellos chiquillos. Lo reconocería. Sabía que lo iba a reconocer. La anticipación llenaba su corazón de alegría, de ilusión. Pero la sombra del remordimiento aún se colaba por las cicatrices de su alma.

Entonces lo vio. Y supo que era él porque era una copia de ella misma. “Pero mucho más guapo”, pensó. “Y tan alegre… yo nunca fui una chica alegre. Pero haré lo posible para que nunca pierda esta felicidad”. Este pensamiento la sorprendió y se recriminó que nunca se hubiera dado la oportunidad de ser madre.

Su pequeño se encontraba sentado junto a un árbol, jugando con otra niña, ordenando unas castañas en filas y rodeándolas de ramas. Un rizo moreno se resbalaba una y otra vez sobre su frente, entorpeciéndole la vista. Y una y otra vez se lo apartaba con un gesto impaciente. Igual que su madre…

Verónica se acercó poco a poco a su hijo, pero cuando se encontraba a unos diez pasos la incertidumbre la detuvo.

Tenía miedo… ¿Y si la rechazaba? ¿Y si se negaba a aceptarla como madre? Derecho tenía más que de sobra. Ella misma había… Pero no. Tenía que abandonar esos pensamientos.

Como si sintiera la mirada de su madre, el pequeño se dio la vuelta y clavó en sus ojos en los de su madre.

-¿Mamá?

La voz era la misma que ella se había imaginado desde que había sabido que estaba embarazada. Era la voz de sus sueños, de sus añoranzas y de sus pesadillas.

Otra vez intentó llorar y no pudo.

Simplemente asintió.

El pequeño sonrió, emocionado, y olvidando por completo las castañas y su compañera de juegos, se puso en pie de un salto y se lanzó a correr hacia su madre.

Verónica abrió sus brazos, casi por instinto, y abrazó por primera vez a su hijo.

Durante un largo rato lo tuvo entre sus brazos, llenando su cara de besos. Y descubrió que, con su hijo en brazos, sí podía llorar.

Por fin pudo recomponerse un poco y le dijo:

-Feliz cumpleaños, hijo mío.

El pequeño sonrió.

-Gracias, mamá… ¿Crees que me puedas dar una cosa?

-Lo que quieras.

-¿Me puedes dar un nombre?

Verónica asintió y repuso:

-Sí, hijo mío. Te llamas Cristóbal.

Cristóbal sonrió. Y todos los niños de alrededor empezaron a aplaudir. De pronto empezaron a sonar las campanas y Verónica se dio cuenta de que ya había caído la noche. Todos los niños empezaron a correr colina abajo hacia el otro extremo del Valle.

-¿Qué pasa, Cristóbal? ¿Por qué suenan las campanas? ¿A dónde van todos?

-Es el tercer puente, Verónica –intervino Juan.

Verónica se dio la vuelta y vio a su ángel de la Guarda, esta vez vestido de ángel, con alas de verdad, blancas como la nieve.

-¡Juan! –exclamó Cristóbal.

-Cristóbal… ¿vamos?

-¡Vamos!- repuso el pequeño, con entusiasmo. -¿Vienes, mamá?

Verónica sonrió, encantada con su nuevo título.

-Vamos.

*             *             *             *             *

El tercer puente era de madera y conducía a una aldea, abarrotada de niños y de gente en general, vestida con trajes de todas las épocas de la historia y de todos los lugares del mundo. Todos intentaban encontrar un hueco para ver lo que pasaba en una pequeña cueva, a las afueras de la aldea.

-¿Qué está pasando? –le susurró Verónica a Juan.

-Ven… conozco un sitio especial para ver mejor.

Los tres caminaron de la mano hacia unas escaleras que se encontraban discretamente apoyadas junto a un pino. Uno a uno, los tres treparon por la escalera y llegaron, por fin, a un espacio vacío, que flotaba sobre la aldea.

-¿Dónde estamos?, -preguntó Verónica.

Juan y Cristóbal compartieron una sonrisa cómplice.

-Estamos en la estrella, -explicó Juan.

-¿Qué estrella?- y de nuevo supo Verónica que esa pregunta no era la adecuada… “¿Cómo habían llegado a una estrella subiendo unas escaleras? ¿Y cómo…? En fin…”

-Los astrónomos la han llamado Pysix, la Brújula, pero normalmente se le conoce como “la Estrella de Belén”.

-¿La estrella de Belén?

-Sí, mamá, ¡mira!

Verónica se asomó. Allí abajo, en aquella cueva a las afueras de la aldea, una mujer hermosa, muy hermosa, pero vestida con modestia, daba a luz a un niño. Sin poder apartar la vista de aquella mujer, de aquel milagro del dar la vida, del dar a luz, Verónica sintió que su alma temblaba, como si se preparara para algo grande, lo más grande de todo.

En ese instante todos callaron y el grito de un recién nacido partió la noche, y el mundo, en dos.

-Feliz Navidad, mamá.

*             *             *             *             *

El día 24 de diciembre, por la mañana, un conductor descubrió el cuerpo de una mujer tendido sobre el puente Golden Gate de San Francisco.

Cuando llegó la policía lograron identificar el cadáver con Verónica Sanders, una mujer que trabajaba en las redes de prostitución de la ciudad.

Como nadie reclamó el cuerpo, fue enterrado en una fosa común en uno de los cementerios de la ciudad. Sin ninguna mención, ninguna señal, ni siquiera una cruz.

Un visitante que pasaba por aquella zona del cementerio un año después, por aquellas fechas navideñas, descubrió que alguien había puesto una losa en medio de las fosas comunes. La losa no tenía nombre, ni fechas, ni dato alguno del propietario o del difunto. Solo tenía cuatro palabras grabadas en el mármol. Cuatro palabras tan sencillas, pero que encerraban una historia tan llena de significado:

Aquí yace una madre.

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