Cuentos de Navidad 2014 – Los tres puentes hacia Navidad (1ª Parte)

Golden_Gate_Bridge_at_sunset_1

por Javier Rubio

Verónica Sanders miró hacia abajo. Sus manos, agarrotadas por el frío, se resistían a soltar la barra de acero roja del puente.

Era invierno, a las tres de la mañana del 24 de diciembre, y la luz del amanecer estaba aún lejos. El icónico puente de San Francisco, el Golden Gate, nunca había desmerecido más de su nombre. El silencio y la niebla envolvían la inmensa estructura metálica. Y Verónica apenas escuchaba el oleaje del Pacífico a sus pies y la brisa helada sobre el palpitar de su corazón.

Adrenalina y alcohol. Una mala combinación. Pero necesaria para dar el salto.

Pero no podía.

Durante unos instantes sintió todo a la vez: el sudor frío en su frente, la aspereza de sus labios secos, pintarrajeados de escarlata y de pecado, sus dedos tiesos sobre el metal congelado, los aguijonazos en su cabeza, justo detrás de los ojos, los dedos de los pies entumecidos y sus pies… masacrados por una noche trotando por los barrios más sucios de San Francisco sobre unos tacones imposibles.

Todo podía acabar en unos instantes. Sólo tenía que dar un salto.

Pero no podía.

Algo la detenía.

Así que se puso a recordar los motivos por los que se encontraba en ese triste final. Verónica había aprendido de muy pequeña a odiar cualquier sentimiento de lástima de los demás o de ella misma. Pero tampoco podía dejar de pensar que las cosas habrían podido acabar mejor…

“Si mi padre no nos hubiera abandonado… Si mi madre no hubiera muerto de agotamiento cuando a mis siete años, cuando más la necesitaba… Si no hubiera vendido mi dignidad al que mejor pagara cuando todas las demás en clases se dedicaban a hablar de moda y de cantantes famosos… Si no hubiera estado en aquella fiesta… Si no se hubiera emborrachado… Si no hubiera… Si no hubiera…“

“Tranquila”, se dijo, tomando aire. Sentía que aquella confesión era como una carta. ¿No escribían una carta las personas que se querían suicidar? Verónica ya no recordaba la última vez que había escrito una carta, y no tenía papel ni bolígrafo…

“Si no me hubiera dejado aplastar por el pánico… Si no hubiera abortado… Entonces, quizá hubiera podido tener un matrimonio sano con Ricardo… Pero nunca pude… No podía… Y después del divorcio… El abandono… El alcohol… Otra vez las drogas… Después la crisis y a trabajar a la calle… Y ahora, ahora estoy tan cansada… Y me duele tanto la cabeza…”

“Y mi hijo, ¿dónde estará? De verdad lo que más me duele, lo que no puedo soportar, es irme de esta vida sin haberlo podido tener en brazos”.

Verónica no tenía nada más que recordar… lo demás eran detalles. Ahora sólo quedaba saltar…

Tomando ánimos miró por última vez hacia arriba y una pequeña parte de su mente se dio cuenta de que la niebla se había disipado y la luz de un puñado de estrellas se colaba entre los jirones de nubes.

Pysix, Argo, Vela… son las estrellas de los marineros… Pysix se llama también Brújula…

Verónica dio un salto, sobresaltada, y sintió que perdía el equilibrio, pero una mano la aferró con fuerza y tiró de ella hasta que, con mucho cuidado, la volvió a dejar en el suelo, pero esta vez, al otro lado de la baranda del puente.

“¡Vaya!”, se dijo Verónica aturdida por la sorpresa y el cansancio, “tendré que volver a saltar hacia el otro lado, y con estos tacones…”

Luego, volviendo en sí, se fijó en la persona que creía haberla rescatado.

No había hecho más que retrasar lo inevitable.

Se trataba de un muchacho bastante distinto de los hombres con los que solía tratar. Delgaducho, espigado, pelo rizado y castaño, nariz aguileña y mentón firme, pero sin rastro de barba. Tendría diecinueve años como mucho. Pero había algo que no encajaba: la fuerza con la que la había cogido y la había elevado sobre la baranda del Golden Gate no cuadraba con esos brazos delgaduchos y esos hombros relajados, en un gesto de perenne indolencia.

Los vaqueros eran de lo más normal y las zapatillas Converse eran la moda de los chicos de su edad… La camiseta… en fin: negra, con alas de ángel a los lados y en letras góticas un “never ride faster than your guardian angel can fly”. Un fan de Templeton Thompson, al parecer.

Otra cosa que no pegaba con el resto eran los ojos. Ojos grises, casi del color del granito. Los ojos que te esperas en un rostro anciano, curtido por la experiencia. No en la cara de un adolescente.

-¡Casi te caes, señora! Tiene que tener más cuidado… Hay formas más seguras de tomar el aire…

Verónica ni siquiera se sintió molesta por el pésimo sentido del humor. Simplemente se encogió de hombros y decidió que lo más fácil era cortar la conversación, alejar a su salvador no deseado y dar el salto antes de que llegara más gente y perdiera su oportunidad.

-Gracias por todo… no quiero parecer desagradecida, pero me gustaría que te fueras. Tengo que hacer algo…

-¿No puedo acompañarte? Estoy bastante aburrido.

Aquella extraña frase, en aquellas extrañas circunstancias, encendieron las alarmas en el instinto de Verónica.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías dónde…?

El muchacho chasqueó la lengua, molesto.

-¡Vaya! Le debo una cerveza a Miguel. Yo pensaba que iba a pasar desapercibido… casi nunca me sale, para serte sincero. Pero de vez en cuando… Bueno, la verdad nunca del todo. Tiendo a enrollarme un poco a veces… ¿sabes? Si me empiezo a ir…

-Tu nombre- le recordó Verónica, con un suspiro cansado. Si hubiera saltado unos minutos antes, ya no hubiera tenido este dolor de cabeza.

-Un poco raro… pero puedes llamarme Juan… o John, o Iván, o…

-¿Qué haces aquí?

Juan intentó hacer un último esfuerzo por parecer inocente.

-¿Aquí? Paseando… por supuesto…

Verónica le miró fijamente a los ojos, con un silencio condenatorio, y Juan terminó admitiendo:

-¡Vale, vale! Me han mandado para que no te tiraras… No va contra la ley, ¿sabes? Más de uno me lo hubiera agradecido y ya…

Verónica sin darse cuenta se había ido resbalando y se encontraba ahora sentada en el suelo, con la espalda apoyada junto a la barandilla roja del puente y los ojos empañados de lágrimas. Se los secó de un manotazo lleno de furia y se limpió sus mejillas manchadas de rímel con las mangas de la blusa. De verdad odiaba la autocompasión. Pero a veces no podía evitarlo. Después de un largo suspiro, que no le devolvió la compostura en absoluto, susurró:

-¿Por qué?

Juan la miró con un gesto de compasión bastante extraño para un chico de su edad. Aunque, en realidad, todo en él era bastante extraño. ¿Quién sería ese tal Miguel al que le debía una cerveza?

-¿Sabes qué día es hoy, Verónica?

-Miércoles –repuso la prostituta automáticamente.

-No… me refiero a qué día del mes.

A Verónica eso le había dejado de importar hacía mucho. Agachando la cabeza, con un poco de vergüenza murmuró:

-Sé que ya es diciembre…

-Es el día 24, Verónica.

“El 24”, pensó ella, “en este día hace cinco años…”

-Me han mandado a que te enseñe el camino. Pero tienes que querer venir. Puedes tirarte por el puente, si así lo quieres. Pero con eso no lograrás nada. Sólo el sufrimiento y el olvido. Hay una persona muy especial de donde yo vengo. Él me ha pedido que viniera y que hiciera lo posible por traerte conmigo a casa… Pero el paso lo tienes que dar tú.

“A casa”, se dijo Verónica, “suena tan bien… Y sin embargo no sé lo que es, nunca lo he tenido… Estoy tan cansada. Lo mejor es terminar esto cuanto antes. Ya es demasiado tarde…”

Sin embargo un sentimiento de curiosidad, muy parecido a lo que había sentido antes, cuando no había sido capaz de dar el último salto, le hizo reconsiderar.

-¿Quién te ha mandado?

Juan negó con tristeza.

-Te tienes que fiar. Es parte del trato. Sólo puedo decirte que te conoce muy bien.

-Dime, al menos, cuál es esa casa de la que hablas…

Juan sonrió y repuso:

-Como dice la canción: A veces me siento perdido, inquieto, solo y confundido. Entonces me ato a las estrellas y al mundo entero le doy vueltas. Todos vamos buscando ese lugar…

Verónica le observó con extrañeza. Juan suspiró.

-Es igual, cuando lleguemos te darás cuenta de que estás en casa.

-¿Está muy lejos de San Francisco?

-Beh, así así… tenemos que cruzar tres puentes… Entonces ¿qué? ¿Te vienes?

Verónica vio la mano que le tendía aquel extraño joven y confundida se dio cuenta de que ya no le dolía la cabeza. No recordaba la última vez que había logrado ahogar el dolor con morfina… Aquello tenía que ser una buena señal. Antes de que pudiera arrepentirse tomó la mano de Juan, se levantó y se alejó de la barandilla, tambaleándose a su lado, sin volver la vista atrás.

*             *             *             *             *

Después de una caminata que a Verónica se le hizo eterna, llegaron por fin al extremo opuesto del Golden Gate.

-¿Podemos ir un poco más lentos? Es que con estos tacones…

-Quítatelos.

-¿Perdón?

Juan se encogió de hombros.

-Quítatelos si te molestan. Ya no los necesitas.

-¿Cómo que no los necesito? ¿Y el frío? Me puedo hacer daño en el pie…

-No. No te puedes hacer daño si vienes conmigo. Ni vas a sentir frío tampoco. ¿No te has dado cuenta? No es que vengas muy abrigada… y estoy seguro de que ya no tienes ni un pelo de frío.

Con sorpresa, Verónica descubrió que Juan tenía razón.

-¿Cómo es posible?

-Ya no estamos en San Francisco, Verónica, -explicó el muchacho. –Mira a tu alrededor.

Verónica levantó la vista y se le hizo un nudo en la garganta.

-¿Estamos en Los Ángeles? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Juan le miró a los ojos y repuso.

-No hemos llegado a ninguna parte, Verónica. Estamos en tu historia, en tu pasado. En el día 10 de septiembre de hace cinco años.

-Pero eso es imposible.

-Sí y no. Todo depende. Es posible si viajas con el compañero adecuado.

-¿Y qué hacemos aquí?

-Hemos cruzado el primer puente, -explicó Juan. –Ahora tenemos que encontrar la casa de Audrey. Creo que la fiesta ya ha empezado. Pero tú sabías que a ese tipo de fiestas siempre merecía la pena llegar un poco tarde…

Juan echó a andar con decisión hacia una casa que había surgido en mitad de la calle, con todas las ventanas iluminadas. Se trataba de la típica casa de suburbios norteamericana: parees de ladrillo rojo, puertas blancas, vallas de madera pintadas también de blanco y un jardín delantero con un césped inmaculado y unos setos perfectamente recortados.

Verónica le siguió, de mala gana, después de descalzarse de sus tacones. Aquello era como un sueño… o una pesadilla. Durante tantos años había intentado olvidar aquella noche y, sin embargo, aquí volvía, a repasar todo. Como en una versión moderna y freudiana del cuento de Charles Dickens.

-Juan, -le suplicó a su guía.

-Lo siento, Verónica. Es parte de tu vuelta a casa… La parte dolorosa, si quieres. Pero es necesario.

-¿Para qué?

-No te preocupes, lo entenderás más tarde…

Sin pararse a tocar a la puerta y sin dudar un instante Juan entró en la casa.

“Debo estar delirando”, se dijo Verónica, y entró detrás del joven.

Y descubrió que su referencia a Dickens no estaba tan alejada de la realidad.

-Nosotros podemos ver y oír todo lo que pase, -le dijo Juan. –Pero ellos no pueden vernos ni oírnos…

Verónica asintió y en ese momento algo encajó en los engranajes de su mente. De alguna forma el cansancio se había quedado atrás, con los dolores y el frío, y algo empezaba a tomar forma en su cerebro, libre ya obstáculos.

-Tú no eres un ser humano normal, ¿verdad?

Juan puso cara de ofendido, pero era demasiado mal actor.

-Tienes razón y me extraña que no te hayas dado cuenta hasta ahora… Pero eso lo podemos discutir más tarde.

-Entonces, ¿qué eres?, -insistió Verónica.

-¡Shhhh!

-Acabas de decirme que no pueden oírnos.

Juan resopló, derrotado.

-Está bien, está bien… soy un ángel, ¿vale? Tu ángel de la Guarda, para ser exactos. ¿Podemos centrarnos ahora en lo importante?

Los ojos de Verónica brillaron entre la satisfacción por su astucia y la más profunda fascinación.

-¡Ajá! ¡Lo sabía!

-¡Por favor! He estado toda tu vida al lado tuyo y jamás te has dado cuenta. ¡Si he tenido que traerte al pasado para que empezaras a sospechar!

-¿Y eres mi ángel de la Guarda?

-Sí.

-No pareces gran cosa. Seguro que habría alguno más competente…

-Eso lo podemos ver más tarde. Ahora céntrate en lo que está pasando.

-Preferiría no…

-Es necesario.

-¿Por qué?

-Para que descubras quién fue el responsable de lo que pasó.

Verónica asintió con reticencia… No quería recordar… Pero decidió callar y esperar. Y volvió a verlo todo: cuando llegó a la fiesta con un vestido negro cortísimo que dejaba poco a la imaginación, cuando empezó a beber y beber, cuando empezó a flirtear… lo que había hecho en tantas y tantas fiestas. Tantas que no habría sabido distinguir una de otra, más que por el chico que se había llevado a la cama. Verónica se vio joven, desinhibida, llena de energía. Pero vacía por dentro. O, más bien, llena de enfado y de tristeza contra una vida que la había reducido desde sus primeros años a la condición de objeto.

Y ella se había dejado llevar. Aquella noche como en otras tantas iguales.

Pero esa noche había sido especial.

Las lágrimas de la vergüenza borraron la imagen a su alrededor y cuando volvió a alzar la vista descubrió que se encontraban en otro sitio, algunas semanas después… en el mini apartamento que había compartido con otras cinco chicas de su clase. Se encontraba sola, en pijama, paseando con nerviosismo de un extremo a otro de la minúscula sala de estar-cocina, con una prueba de embarazo en sus manos temblorosas.

Positivo.

Más lágrimas y otra escena: el 24 de diciembre y una clínica abortiva. La mesa llena de panfletos de autoayuda y las paredes tapizadas de posters proclamando el credo feminista. Y ella, sola. Llena de miedos, entre el peor de los terrores y el abismo del remordimiento. Un movimiento dentro de sí… un movimiento ignorado. La responsabilidad. En el fondo una parte de su corazón había aprendido a amar la criatura sin nombre que había empezado a crecer con velocidad en las últimas semanas. Pero tenía tanto miedo, y estaba tan sola.

No quería, no podía pensarlo.

Simplemente lo hizo.

A Verónica ya se le habían acabado las lágrimas, pero Juan seguía llevándola de la mano, guiándola a través de sus memorias: la operación, los días y las noches llorando, sintiendo el vacío más profundo dentro de sí y en su corazón. Sus manos que dolían por no poder acariciar a su hijo… Después sus terapias de superación, sus energías canalizadas por entero en su trabajo, cuando conoció a Ricardo, la boda… y el dejar su trabajo, el volver a estar en casa, a vivir consigo misma y la resurrección del remordimiento, el dolor de lo perdido… La creciente tensión con su marido, el veneno corrosivo del secreto que nunca fue capaz de compartir con él…

Que su mujer había asesinado a su primer hijo.

Después: un frenesí, una tormenta de recuerdos, como aguijonazos en su memoria. El divorcio, la vuelta al alcohol y las drogas, la expulsión de su trabajo, el empobrecimiento, la prostitución, los dolores en su cabeza, la decisión del suicidio.

Todas y cada una de estas espinas, como un dictamen condenatorio: eres tú la culpable, eres tú la responsable.

La vida podía haber sido otra.

Verónica no supo cuánto tiempo había transcurrido, quizá segundos, quizá años. Se sentía como una llaga abierta, sangrante. No era dolor físico. Era el terrible y amargo sabor del fracaso, del haber fallado una y otra vez, de haber traicionado su misión de mujer, incluso a nivel instintivo, casi animal: dar la vida a un niño. Una y otra vez había apostado por la muerte. Y el dolor de todas y cada una de sus decisiones le pesaba en el corazón y el alma.

Ella era la culpable.

Pero esa convicción, en vez de aplastarla definitivamente en la desesperación, encendió en su interior un fuego que hacía tiempo que no ardía. Ella era la culpable. Ella tenía que reparar. Y repararía. Había destruido y tenía que construir. Había desconfiado y tenía que aprender a esperar.

Entonces sintió que una mano le acariciaba el hombro y una voz le susurró:

-Verónica, ¿estás lista?

Verónica asintió, sin fuerzas siquiera para abrir los ojos.

-Crucemos el segundo puente.

Y Verónica sintió que su ángel la tomaba en brazos y echaba a andar.

*             *             *             *             *

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2 Comments

  1. 29 diciembre, 2014 at 10:36 — Responder

    Que bonito! para cuando la segunda parte??

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