Cuentos de Navidad 2014 – La estrella de cartón

por Lázaro García

– Niños, niños, suéltenla. Si no la dejan pierden su turno

Todos los amotinados esquintles de la aledaña zona de Otzolotepec soltaron la cuerda que sostenía el objeto insólito de una noche estrellada.
La fiesta continuó, se asignaron los turnos y se procedió a marear a los tiradores de palos a fin de prolongar la vida del acartonado receptáculo de dulces, fruta y demás confites

– Ya le diste una, ya le diste dos, ya le diste tres…
Fue relevado Jorgito y comenzó Rodrigo con la dura faena. Dos golpes sordos taladraron el barro que sostenía la estrella remota a los infantes. Hubo gritos de emoción

– Y tu turno se acabó- le cantaron como ovación los niños
Era turno del “manoplas”, su nombre era Manuel. Era un chico de siete años aunque parecía de diez. Levantaba cajas de fruta desde los seis y muchos alababan su buen tino con las piñatas

– ¿Papá por qué Manuel no le da si podría derribarla con un solo golpe?- interrrumpió Sofía en tono franco de pregunta
– Porque confía mucho en los demás y poco en sí mismo
– ¿Qué quieres decir?
– Que confía mucho en las voces de afuera, en las sugerencias, en las opiniones de los demás y cae en la confusión
– Entonces ¿qué se debe hacer para romper la piñata?
Agustín miró las estrellas y respondió tras un suspiro
– No confíes en la apariencia, estarás mareada cuando golpees, por tanto debe haber precisión en tus manos y como la vista te engaña debes aplicarte al oído
-¿Qué se debe oír cuando todos gritan?
– El murmullo de los frutos que pide su recolección, un premio que no depende de las voces sino del contenido que aguarda que lo conquistes
-Intentaré pero quizá por estar muy arriba no pueda darle- afirmó Sofía
– Al contrario, como está arriba será muy fácil bajarla

Sofía tomó con seguridad el pedazo de madera que por su peso debía tomarse desde abajo. Comenzó a golpear y a su espalda escuchó:

– Derecha, abajo- gritaban algunos tramposos
– Arriba, gírate, gírate- gritaban Elena, Laura y Miguelín
Entonces tornó hacia la piñata y comenzó a escuchar. Los rumores dificultaban la escucha, también los numerosos cohetes que alegraban la función
– Ya le diste dos…
De un bastonazo la resquebrajada olla que contenía los frutos se desparramaba
– Y tu turno se…- Todos se abalanzaron a los linderos de la estrella de siete picos que luego de un golpe mortal desbordó en variados tipos de propina. En el piso disputaban los que querían chocolates con los que deseaban frutas, los que deseaban tomar más golosinas y quitaban a los otros lo poco que tenían.

Al final Selene lloraba porque le habían quitado todos sus dulces el malvado de Rafaelito y su prima Juliana. Santiago compartía de sus dulces a los que se acercaban y como tesorero de sus expolios Adrián repartía frutas con una sonrisa en los labios. Unos gozaban ser parte de la fiesta y otros se quedaron rabiosos y llenos de envidia mientras les tiritaban los dientes a causa del frío.

– Todos con la taza en alto que pasa la abuela con el ponche caliente- gritó Judith a la masa de niños, jóvenes y señoras piadosas que recitaban en sus labios el último “Ora pro nobis”.

En la planta superior de la casa una mesa larga unida a otra mesa igualmente larga permitía a todos los niños sentarse en pequeños banquitos junto a sus padres en las robustas mesas adornadas de nochebuenas y engalanadas en los bajos techos con serpentinas, figuras de papel y campanas con listones rojos.

La abuela llegó envuelta en su sarape y después de dar algún merodeo mordisqueando un poco de caña que Jorgito le había ofrecido hizo un gesto que calmó el griterío de la expectante turba

– Ixtlique nahuaque sitlali ochpantli alostotl papakilistli…
– Abuela- interrumpió Sofía-ya no entendemos náhuatl, somos tus nietos
– Perdonen, su abuela los confunde. Quería decir que el presagio de las estrellas sobre aquel comandante glorioso que nos liberaría del poder de las sombras y del reino de la fiera que dominaba las instancias del Anáhuac se ha cumplido y por eso las posadas son el grito de alegría que anuncia la llegada y que celebra su presencia aunque no su triunfo definitivo.

Los niños estaban asombrados ante tales mitos que parecían leyendas tan antiguas como el lenguaje autóctono de la abuela. Ella recalcó la preparación del alma para recibir a tan soberano rey y explicó el sentido de las posadas y de los ritos antiguos en acuerdo con los presentes.

La explicación de la abuela sobre la estella de cartón que sostenía siete picos en representación de los siete pecados capitales que debían desaparecer del alma, que en este caso era la olla para poder regalar a los demás todos los frutos y regalos que Dios les preparó fue aprobada por todos los niños. Y aunque Sofía lo sabía, esta vez su experiencia fue una prueba de la importancia de la fe y de la escucha para hacer el alma una fuente de dulces y gratuitos dones para cada hombre.

Así aprendió Sofía a bajar piñatas de cartón, quizá también estrellas, aplicando el oído para degustar los tesoros que se esconden tras estrellas de siete picos.

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