Cuentos de Navidad 2014 – El regalo deseado

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Son las cuatro y media de la madrugada y no puedo conseguir el sueño: hoy es Navidad. No es una Navidad cualquiera, al menos para mí. No: este año viene la mayoría de mi familia a la casa, especialmente mis primos Luis Humberto, Andrea y Valeria de Tijuana; mis tíos Memo y Chema de La Paz y mi tío Lalo, de la capital. También mi tío Raúl de Los Ángeles junto con mi tía Soco… ¡y lo mejor es que vienen con mi “Nintendo-64”!

Sólo Diosito sabe cuánto he deseado ese Nintendo-64. Es el último grito de la moda, casi todos mis amigos lo tienen, ¡es increíble! Pueden participar hasta cuatro jugadores, las imagen de los juegos son de tercera dimensión… y habrá que deleitarse con sólo ver los controles: parecen más unas naves espaciales de extra-terrestres de algún planeta desconocido, o como aquellas mega-naves que salen en las películas de “Star Wars”, de las cuales, tú y solo tú eres el piloto.

Recuerdo la primera vez que lo jugué: fue con Robin, mi amigo. Acostumbramos juntarnos los fines de semana para jugar en su casa. Todavía lo hacemos y ya se hizo una gran tradición entre nuestro clan: Los viernes, después del colegio, Lalo, Neto, Toto y yo nos vamos con él. Llegamos para comer en su casa (que por cierto su mamá hace unos hot-dogs inimitables). Después, salimos a su patio, ubicado detrás de su casa, y nos ponemos a jugar “atacados”, es decir, tomamos el balón de fútbol y jugamos todos-contra-todos. Ya que estamos cansados y aburridos de tanto aporrear la pelota —y aporrearnos entre nosotros, subimos a su cuarto e instalamos el videojuego.

Al inicio —antes de que saliera al mercado el “64”— yo me veía en la necesidad de aportar a la causa común llevando mi Súper Nintendo, el cual, tiene más parches que un pantalón desgastado, debido a los frecuentes atentados de los que ha sido objeto. ¿El sujeto agresor? Nada más y nada menos que las destructoras manos de mi mamá. Pese al número de atentados, mi video-juego sigue vivo. Recuerdo la peor experiencia: Después de advertirle severamente a Roberto, mi hermano, de que lo apagara y se pusiera a estudiar, tomó el aparato y lo lanzó desde segundo piso de la casa. La escena fue horrible: ver desde lontananza, tal cantidad de trozos grises esparcidos por todo el pasillo central del primer piso de la casa. Al fondo, detrás de la mecedora que usaba mi abuelita para coser, estaba el Súper Nintendo. Lo ví: estaba destrozado. Afortunadamente, y gracias a los estudios de ingeniería de Carlos, mi hermano mayor—al menos eso me hizo creer— pudimos darle vida al moribundo rectángulo eléctrico, cubriéndolo con partes de una caja de tenis. La operación fue todo un éxito, el videojuego sigue funcionando y desde ese momento porta una buena marca: en su parte trasera tiene un logo de un palomita —como la que hace mi profesor de español cuando acierto en las respuestas— y el slogan en inglés: “Just do it”.

Fue en tiempos del atentado cuando comenzaron a salir los primeros modelos del “64”. Robin, que iba a El Paso frecuentemente de compras junto con su mamá, lo compró de inmediato a buen precio. Fue un día que fui a su casa —no en viernes— y me lo mostró: jugamos un buen momento y después me fui. Después de eso, incitaba a mi mamá a que me lo comprara, pero ella no accedía a tal petición. No quería tener experiencias semejantes a las del ahora llamado “Super-Nintendo-Nike”.

Recuerdo a veces que soñaba que mi mamá me lo compraba, que lo tenía, que lo jugaba y luego, después de tanta diversión, me dormía. Al día siguiente, al despertar, salía disparado hacia la televisión, en busca del tan preciado regalo. No estaba. Era un sueño: lo único que veía era la videocasetera conectada a la tele y el Nintendo-Nike puesto de lado, en la anhelante espera de ser utilizado de nuevo por mi hermano o por mí.

Lo bueno, es que mi tío Raúl adivinó lo que quería para esta Navidad y me lo traerá. (¡rayos!: ya son las cinco y no he dormido…). Él tiene una buena relación con mi mamá, podría decir que más que hermanos, son amigos. Siempre me da alegría cuando él llama a la casa —ya que lo hace de forma esporádica, por su trabajo— y me quedo a lado de mi mamá, escuchando, tratando de escuchar, viendo sus afirmaciones  y sus negativas con la cabeza de izquierda a derecha, de derecha-a-izquierda, de arriba-abajo; escuchando los “Ajá”, los “Ok”, los “Sí Neto” y las sonoras carcajadas que brotaban inesperadamente de su boca ante —creo yo— un buen chiste que le soltaba mi tío.

Hace un mes, la llamada con mi tío Neto fue diversa: estaban planeando la visita para Navidad. De repente, mi mamá me pasa el teléfono, «es tu tío», me dice. Hablo con él y también comienza a contarme uno de los muchos chistes que se sabe, al igual que lo hace con mi mamá. Más que el chiste en sí, me daba risa su forma de hablar: mezclaba el inglés que no entiendo (sólo escuchaba el “…eichon” “yes” “Nou” al final de algunas palabras) con el español. Ya cuando me calmaba de la risa, me comentó lo de la visita y me preguntó:

  • So flaco, tell me: ¿qué quieres que te regale de Navidad? ¿qué quieres que le pida al Niño-Dios?— dije hacia mis adentros: “este es el momento: tengo que pedírselo”.
  • Tío, no sé si sabes, pero acaba de salir un Nintendo nuevo…
  • ¡Ah! Ok, yes, yes… ya sé de qué hablas: del sixty-four, ¿no?
  • Sixty… —repetí intentando traducir— ¡sí tío! ¡Del Nintendo 64!
  • ¿Quieres el sixty-four, flaco?
  • ¿Me lo regalarías, tío?— en lo que formulaba esta pregunta, me sentía renovarme a causa de una sonrisa muy grande que se bosquejaba en mi cara.
  • Of course! Si para eso son los tíos que viven en el “otro-lado”, ¿no?

 Ya son las seis de la mañana. Tengo que levantarme rápido. Mi tío duerme en la recámara de los huéspedes y Roberto no me deja dormir con sus ronquidos. Bajaré a la sala, abriré el regalo que se encuentra debajo del árbol navideño, y pondré inmediatamente el esperado “Nintendo-64”. ¡Jugaré con mis primos todo el día!

 *****

 Hoy es veintisiete de diciembre y ya pasó el día de Navidad. Fue impresionante lo que sentí al momento de abrir el regalo. Al tiempo que iba descubriendo la gran caja envuelta por el papel-de-regalo, me iba percatando de una realidad: la caja que tenía frente a mis ojos, es la misma que guardo en el clóset de mi cuarto. Las mismas inscripciones, los mismos, el mismo juego  de regalo y la misma marca: “Súper-Nintendo”. Inmediatamente corrí a despertar a mi tío Neto. Lo desperté: «¿te gustó el sixty-four flaco?», me dijo. «Te habrás equivocado, tío»  le respondí. Y efectivamente: en la tienda, le dieron gato-por-liebre. Él había pedido expresamente el “64” y le dieron el “Súper”. Como quiera, agradezco al Niño-Dios el haberme conseguido algo mejor que el “Nintendo-Nike”. No cabe duda que Él sabe perfectamente  qué es lo que quiero y qué necesito mejor que yo, ¿no?.

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