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Cuentos de Navidad 2014 – El Niño y el Reino

Jefté Ben-Uriel era un joven israelita fogoso, apasionado, todo celo sacerdotal y ardor guerrero. Tenía algo de profeta y mucho de juez bíblico, y aunque su corta estatura y su rostro aniñado desmintieran sus ímpetus combativos, en su pecho latía un corazón capaz de comerse mil filisteos.

Desde su más tierna infancia había soñado con la liberación de su nación. Con sus muñecos representaba batallas de hebreos ahogando romanos en el Jordán, y jugaba con sus hermanitos a la guerra; ya fuera dirigiéndoles ardorosas arengas, llenas de fervor patriótico, o bien acometiendo con júbilo a pedradas contra las feroces legiones romanas, que resultaban ser los cabritos de algún desdichado vecino. Su distracción favorita en las noches de invierno era sentarse a la lumbre y escuchar las historias que le contaba el abuelito sobre los Macabeos y sus batallitas contra los griegos….

Con los años fue creciendo (y más en celo que en estatura), y su entusiasmo de niño fue convirtiéndose en un ardiente ideal de juventud. Empezó a frecuentar grupos juveniles clandestinos de nacionalistas zelotas (lo que preocupaba en grado sumo a la mamá de Jefté) Se volvió más profundo y meditativo. Iba al Templo casi a diario, y a menudo pasaba largos ratos postrado ante el velo del Sancta Sanctorum, implorando a Yahvé la pronta venida del Mesías y de su Reino Eterno.

Un día lo encontró. Le encontró. ¡El Mesías, el Ungido, el Cristo, el Esperado! ¡El que liberaría a su pueblo del yugo romano, el Hijo de David, el Restaurador del Reino! Jefté no cabía en sí de gozo. Fue casi por casualidad. Estando en el Templo, oyó al viejo Simeón prorrumpir en gritos de júbilo y empezar a proferir unos misteriosos augurios con sabor mesiánico referidos a Belén y a aquella noche. Jefté salió corriendo hacia el lugar indicado… vio una estrella, unos pastores, y otros extraños personajes encaminándose hacia una cueva… una hermosa joven, un varón de aspecto noble y venerable…. Y le vio a Él.

Un niño. Envuelto en pañales. Mudo, silencioso, tierno, delicado, sonriente. Unos labios regordetes y unos ojos vivaces eran las únicas armas de aquel Mesías que adoptaba tan insólito palacio. Y sin embargo, Jefté creyó en Él. No podía explicarlo, pero lo cierto era que, pese a lo chocante de la situación, mientras más miraba a ese niño más convencido estaba de que iba a ser el Liberador de Israel. ¿Cómo? ¿Cuándo? Jefté no lo sabía, pero estaba dispuesto a hacer todo lo posible para ayudarle a conseguirlo.

Desde aquella noche, su vida entera dio un vuelco. No hacía otra cosa que pensar en ese niño. Visitaba a sus amigos en sus casas, y les contaba el suceso con contenida alegría, susurrando, para que no les oyeran los espías romanos: “¡He encontrado el Mesías! ¡Ven y verás!”

Entonces les llevaba a Belén. Unos se negaban a ir. Otros, al llegar, quedaban decepcionados y daban media vuelta, meneando la cabeza y murmurando palabras de compasión por el pobre Jefté. Unos poco, los que tenían humildad y paciencia para perder un minuto contemplando al niño, dejándose seducir por sus ojos grises, tristes, cariñosos; y por sus manitas abiertas, firmes pero implorantes…. Experimentaban el mismo extraño hechizo que Jefté y se arrodillaban ante la criatura. El joven hebreo llegó a reunir una pequeña cohorte de adolescentes israelitas que acudían a Belén cada día a llevarle el desayuno a María, a limpiar el pesebre, a presentar armas al Niño y a ofrecerse solemnemente a servirle y protegerle en su empresa mesiánica. Él mismo caminaba cada día hasta el portal y pasaba largaos ratos con el Niño, refiriéndole lo que planeaba, mientras éste le miraba con los ojos abiertos de par en par, rebosantes de cariño.

 “Hoy he estado hablando con la gente del Sanedrín… y mañana tengo una reunión con los saduceos. Le he pedido a Rubén que envíe mensajeros a Jericó para que también sus sacerdotes te vengan a conocer, y los zelotas me han dicho que puedes contar con ellos para tomar el poder. Incluso dentro del palacio de Herodes tenemos gente que te apoyará si logramos la aprobación del Sumo Sacerdote”

El Niño le miraba, con unos ojos profundos, misteriosos, llenos de ternura y de tristeza, sin decir nada.

Hasta que un día sucedió lo que no podía suceder. Jefté no entendía nada. Su fe ciega en el Niño y su labio inferior empezaron a temblar como una hoja de higuera en una tarde de otoño cuando Rubén le contó lo que pasaba. ¡No podía ser! ¿Qué Herodes buscaba al Niño para matarlo? ¿Qué todo su grupo de amigos había sido detenido y encarcelado? ¿Qué el malvado rey había iniciado una matanza de niños?

Lloroso y confundido, corrió hacia Belén, hacia el portal, para avisar al Niño, a su Señor. José ya lo sabía todo, y estaban preparándose para huir, ¡a Egipto!

Jefté se arrodilló ante el niño, con dos lagrimones, gordos como higos, surcándole las mejillas.

“¿Por qué?”

El niño callaba.

“¿No es ahora cuando ibas a restaurar tu reino?”

De pronto, el Niño habló. Jefté nunca pudo recordar si había movido los labios o no, pero no le quedó ninguna duda de haber percibido esa voz. Una voz dulce, cristalina, y a la vez poderosa; una voz tierna como la de su madre y fuerte como la de un león, que le dijo pausadamente:

“Mi Reino no es de este mundo”

Tras casi medio minuto de sorpresa, Jefté pudo contestar, balbuceando:

“Pero Israel…nuestros planes…. mis contactos con el Sanedrín…tu vuelta al trono de David… teníamos un Plan…”

“Pero… ¿por qué me sigues? ¿Porque me amas y quieres estar conmigo, o por tus planes y sueños de grandeza?

 Jefté abrió la boca.. .y la volvió a cerrar. Reflexionó en silencio y le dijo al oído: “Ven a mi casa. Ocúltate en ella. No te encontrarán”

 El Niño volvió a mirarle con amor, le acarició con su pequeña mano, y le dijo:

“Las aves tienen nidos, y las zorras madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”

 Añadió: “Ven y sígueme”.

Le dirigió una mirada larga, profunda, penetrante, que le estaba diciendo a gritos que que le amaba, que le necesitaba, que era necesario todo eso para que el Mesías entrara en su gloria; una mirada que le pedía que confiara en Él, que saliera de su tierra y fuera donde Él le mostraría, que sólo Él tenía palabras de vida eterna y le podía devolver el ciento por uno.Jefté le creyó. Y Jefté se dejó conquistar por ese Niño. Y dejándolo todo, le siguió: hasta el desierto, hasta Egipto, y hasta la vida eterna. Y dicen los viejos sacerdotes del patriarcado de Jerusalén, que me contaron esta historia, que aún hoy se puede ver en el cielo una estrella que lleva su nombre, que brilla de modo especial las noches de Pascua. Y aseguran que, el. día en que vuelva Nuestro Señor en su gloria, ése será el lucero que anunciará el advenimiento del Nuevo Israel.

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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