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Cuento de navidad: Una noche inolvidable

Era una noche helada de invierno. Tenía yo cinco años y estaba cuidando el rebaño de mi padre con varios pastores en el campo cerca de nuestro pueblo Belén. Miraba continuamente al cielo. No había nubes y se veían nítidamente las estrellas. La luz de las estrellas iluminaba todo el campo. Me fijé que una de ellas brillaba más que todas y estaba muy cerca de donde estábamos.

Reinaba un grandísimo silencio e incluso las ovejas no hacían ruido alguno. Cuando de repente un viento impetuoso me hizo perder el equilibrio y me caí sobre algunas ovejas. Los demás pastores también se dieron cuenta y todos contemplábamos como la cola del viento iba barriendo las hierbas y los árboles, como se estuviese preparando el camino para alguien. Me reincorporé y al terminar el movimiento del viento se nos acercó una luz del cielo, una luz muy fuerte e intensa que nos deslumbró a todos. Pasados unos segundos ya podíamos ver qué era esta luz y nos maravillamos al ver que era un ángel del Señor.

Jamás había visto algo semejante. ¡Qué belleza de criatura! Además del estupor sentía miedo, pues me asombraba todo lo que estaba sucediendo. De inmediato con una voz llena de alegría, nos dijo el ángel: “No temáis, pues, os anuncio una gran noticia que será una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.”

De pronto el ángel se elevó y se unió a una multitud incontable de ángeles que alababan a Dios cantando: “Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. ¡Impresionante! Estábamos estupefactos con la noticia y los pastores mayores decían: “vayamos, pues, a Belén a ver a este niño recién nacido”. Yo estaba súper perdido y les acompañé sin entender cosa alguna. Íbamos ágilmente hacia Belén con mucha ilusión y esperanzas en encontrar el niño recién nacido. La estrella que había visto muy cerca nos indicaba a un lugar escondido. No era una casa, sino una cueva de animales.

Llegamos y nos quedamos sorprendidos con lo que empezábamos a contemplar. Los pastores emocionados se acercaron al niño y saludaron a la pareja. Era impresionante la alegría de los pastores con el niño en los brazos. Me enteré que el hombre se llamaba José, la mujer, María y el niño se llamaba Jesús.

José aparentaba joven, muy sereno y transmitía mucha paz. María era jovencísima y muy bella, su sonrisa me cautivó y su dulce mirada penetró mi corazón. El niño Jesús era una maravilla de niño, se dejaba acariciar por los pastores y su risa nos contagiaba a todos de alegría.

Cuando los pastores ya habían cogido el niño en los brazos, me tocó a mí cogerlo. Todos me miraban a mí y al niño. ¡Qué emoción! Tenía en mis brazos a un niño como yo y que el ángel nos había dicho que era el Mesías, nuestro Salvador y Señor. Le abracé y le acaricié su mejilla con la mía. Su mirada era penetrante como la de su madre. Devolví el niño a María y me quedé en la cueva mientras todos los pastores regresaban felices al campo. Tenía yo una ovejita y nos quedamos a escasos metros del niño Jesús. No quería irme. Sentía algo en mi corazón que me hacía quedar y así lo he hecho.

José y María se dieron cuenta de mi presencia. Pocos minutos después me sorprendió la llegada de tres hombres, ya muy mayores. Eran tres reyes magos venidos de oriente. Bajaron de sus camellos y se dirigieron dónde estaba el niño. Yo estaba callado contemplándoles. Los reyes con mucha reverencia adoraron al niño y le regalaron oro, incienso y mirra. Se despidieron cordialmente del niño, de José y María y se pusieron en marcha hacia su tierra de origen.

El rostro de María resplandecía y se podía notar como vivía este momento tan especial. Ya era casi las tres de la noche y María tenía el niño en sus brazos y le cantaba para hacerle dormir. ¡Qué voz preciosa la de María! Vi que se le escaparon algunas lágrimas cuando le cantaba al niño Jesús. ¡Qué hermoso momento! ¡Qué cariño tan especial! ¡Qué amor! ¡Qué paz!

José estaba arreglando un lugar al lado de Jesús para que durmiera María. Me vio a mí y me hizo una señal para que me acercara a ellos. Yo casi no podía moverme de la emoción. José me había preparado un lugarcito del otro lado del niño Jesús. Me quedé impresionado con este detalle de cariño y no tenía palabras para agradecérselo. Miré a María y Ella también me miró y me sonrió. ¡Qué sonrisa tan bella y tan dulce! Cogí mi ovejita y me apoyé en ella como si fuera mi almohada. José estaba sentado apoyado en la pared de la cueva, en vela para protegernos. María no dejaba de contemplar a su hijito recién nacido. Era algo maravilloso lo que sentí yo en este momento. Mi corazón dictaba cosas que mi mente no podía deducir ni comprender. No me podía dormir de lo emocionado que estaba. Quisiera que se detuviese el tiempo y que toda mi vida fuese un contemplar el niño Jesús y a su madre María.

María tampoco dormía. No cansaba de contemplar a su bebé durmiendo. Su mirada era profunda, dulce y llena de paz. El silencio y la paz se podían tocar y olerlos. A pesar de ser una cueva de animales, había un olor muy intenso y agradable de rosas que hacía el corazón rebosar de gozo y de paz. ¡Qué noche! En pleno invierno y el calor de aquellos corazones calentaban toda la cueva. En fin, todo era muy especial e yo estaba muy a gusto y muy feliz con ellos. Sentía el corazón saciado de felicidad y de amor.

Cerca de las seis de la mañana el niño Jesús empezó a moverse y se despertó. María estaba allí para atenderle. El niño miró a su madre y le sonrió. Ella le acarició y le dio un beso de buenos días. José me llamó y me pidió quedar un rato más mientras él iba a comprar alimento y provisiones para esos días. Yo encantado le dije que sí. Él me dio un golpecito en el hombro y se fue.

Mientras tanto estaba a solas con el niño Jesús y María. María empezó a cantarle y a jugar con su hijo. Todo era tan hermoso que parecía ser un sueño. Me encantaba estar con ellos. María otra vez me dejó coger el niño Jesús. Le miré a los ojos y era como penetrar el Cielo. María estaba feliz viéndonos a nosotros dos. Me sentí muy querido y estaba feliz, muy feliz. Eran muchas las cosas que sentía en mi corazón y quería decirle a María, pero no podía traducir en palabras lo que sentía. Sin embargo, rodeado de tanto amor me sentía realizado, en paz y tan feliz que no hacía falta hablar, bastaba sonreír a María y al Niño Jesús y vivir este momento tan especial.

Poco minutos después llegó José y sentí que debía regresar a casa. Les dije que tenía que irme y les agradecí mucho la acogida y todo el cariño que me habían dado. Me despedí de José y él me agradeció por haberme quedado con ellos. Me despedí del niño Jesús acariciando su cabeza y le miré otra vez a los ojos y su mirada y su sonrisa se grabaron en mi corazón. Le dije a María que había sido la noche más feliz de mi vida y que desearía estar siempre con ellos. Ella me dio un beso en la frente y me dijo: “sí hijo, ahora tienes que ir con tu familia, pero estaremos juntos más tarde”. Sus palabras se grabaron en mi corazón. Cogí mi ovejita poniéndola en mis hombros. Les miré por última vez y con un gesto les dije adiós.

Sentía en el corazón el deseo de compartir esta experiencia con mis padres y con todos mis amigos pastores. Era algo que rebosaba mi corazón de alegría y de paz. Ha sido una noche inolvidable que me acordaré todos los días de mi vida.

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