¿Cuántas estrellas hay en el cielo?

Acabo de realizar un experimento que me desconcertó. Te invito a llevarlo a cabo. Sal de tu casa durante la noche, mira al cielo y cuenta las estrellas que ves. Aquí, en el cielo de la ciudad de Roma, conté un poco más de diez. ¿Te imaginas la cara de Abraham si viviera en esta época y escuchara la promesa de Dios de multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo? ¡Menuda descendencia!

Cuando era niño tenía, como todos, mi momento preferido del día. Éste ocurría la mayoría de las tardes, cuando el cielo oscurecía (en Colombia el cielo oscurece a las 6 p.m. todos los días del año), y esperaba ansioso la llegada de mi papá. Una vez que identificaba el sonido del automóvil de mi padre (¡llegué a desarrollar esa habilidad!) salía rápidamente de casa para abrir el portón del garaje.

Al inicio mi misión consistía simplemente en dirigir la trayectoria del automóvil hacia el garaje, emulando perfectamente a quienes guían los últimos movimientos del avión en los aeropuertos. Con el paso de los años mi emoción fue mayor, pues mi papá me permitió manejar el vehículo durante ese último trayecto. ¡Qué importante me sentía!

Pero ahí no acababa todo. Faltaba lo mejor. Una vez dentro de casa, después de cenar, me dirigía con mi papá al patio de la casa, nos sentábamos cada quien en una silla y nos dedicábamos a mirar al cielo y a reflexionar sobre los temas más variados. Había una enorme cantidad de estrellas.

Ahí, mirando las estrellas, me surgían innumerables interrogantes sobre el universo: ¿Qué eran las estrellas? ¿Quién las puso ahí? ¿De qué estaban hechas? ¿Cuántas había? ¿Por qué unas estrellas se movían en línea recta hasta desaparecer?, con el tiempo descubrí que se trataba de satélites. Era un momento único y casi mágico que recuerdo con mucho cariño. Mi padre ciertamente se hacía los mismos interrogantes y entonces sentía que allí, desde el patio de nuestra casa, intentábamos desvelar juntos los secretos del universo y de la vida.

Por eso ahora me encanta rezar con frecuencia el salmo 8 que se dirige a Dios así: «Al mirar el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?»

Recientemente tuve la oportunidad de ver la película animada El Principito y una escena me llamó particularmente la atención. Voy a tratar de describirla. ¡Prometo que no revelaré ninguna parte importante de la trama, ni el final de la película!

La protagonista de la historia, una niña, llega de noche al centro de una ciudad iluminada. Los habitantes del lugar, todos adultos, caminan de un lado para otro con los hombros caídos y el semblante cansado y amargado. No tienen tiempo para hablarse el uno al otro, ni para observar a su alrededor, ni para detenerse a reflexionar. «¡Hay que ser productivos!»: Esa era la consigna de la ciudad.

Nuestra protagonista pronto descubre que el cielo de la ciudad carece de estrellas. Más tarde se entera de que todas las estrellas están encerradas en un enorme recipiente de cristal. El causante de semejante crimen es el famoso «Hombre de Negocios», ¿quién más podría serlo? Este vil personaje transforma la luz de las estrellas en luz eléctrica para que los hombres que trabajan en su empresa sean más productivos. Porque, recordemos, «¡hay que ser productivos!»

Poco después el cristal se rompe, las estrellas son liberadas y los ciudadanos, que hasta entonces deambulaban por las calles, se detienen a contemplar el cielo estrellado y, por primera vez, sonríen. Uno de ellos incluso llega a exclamar: «¡Maravilloso!» El «Hombre de Negocios», en cambio, apesadumbrado por la nueva situación, no hace más que lamentarse: «Esto es muy, muy, muy malo para el negocio».

Las grandes ciudades de nuestra sociedad moderna han traído grandes progresos para la humanidad, de eso no cabe la menor duda. ¿Pero no habrán privado al hombre de esos momentos de reflexión y de asombro en los que nos maravillamos por las cosas, los acontecimientos y las personas? El ruido de los automóviles, el alboroto de las personas, los medios de comunicación a los cuales estamos constantemente conectados, ¿no nos impiden pararnos a reflexionar sobre qué es el hombre, por qué estamos en el mundo y hacia dónde vamos como individuos y como sociedad?

La palabra negocio viene del latín nec-otium, es decir, lo que no es ocio. El ocio, para los antiguos, no tenía la connotación que hoy tiene la palabra ocio. Hoy en día un ocioso es un vago. No, la palabra ocio de entonces se refería al tiempo libre que el hombre dedicaba para pensar, reflexionar, estar con los suyos, etc. ¿No necesita el hombre de hoy estos espacios de ocio?

«¡Hay que ser productivos!», nos repite la sociedad de hoy y amenaza con convertirnos a todos en ese «Hombre de Negocios». Pero, seamos sinceros, nos urge contar con espacios de reflexión, donde podamos compartir ideas y realizar lo que sólo los seres humanos somos capaces de hacer: ¡Maravillarnos!

Sal de tu casa, mira las estrellas, reflexiona, comparte tu tiempo con tus seres queridos, maravíllate y no te acostumbres a vivir en este lugar tan privilegiado, único y hermoso del universo. Por cierto, ¿cuántas estrellas ves en el cielo?

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