Cuando uno de los hijos se pierde…

Se cuenta que una mujer de grande fe acudió llena de angustia y dolor ante un sacerdote. El motivo era su hijo pues había perdido la fe en el cristianismo, llevaba una vida mundana y escandalosa y se había adherido a una secta extraña. Quería convencer al sacerdote para que fuera y refutara a su hijo, quizá así recapacitaría de su error y volvería al camino del bien. El sacerdote, a pesar de la insistencia de la desdichada madre, rechazó su petición ya que estaba seguro que cualquier esfuerzo sería inútil. Sin embargo, antes de despedir a la mujer, inspirado sin duda por Dios, le dijo: “¡Vete en paz, mujer, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas!”

Nueve años después, el hijo de aquella madre desesperada recibía el bautismo con el propósito firme de cambiar de vida. Años más tarde se ordenará sacerdote, después será obispo y un gran pastor de almas. Al final morirá con una gran fama de santidad. Este joven se llamaba Agustín de Hipona y actualmente se le recuerda como uno de los doctores de la Iglesia más insignes de todos los tiempos. Y aquella mujer es Santa Mónica, patrona y modelo de las madres y esposas cristianas.

Nadie duda de que es una terrible realidad para cualquier madre ver cómo su hijo, poco a poco, se va perdiendo en el camino del mal. Y este dolor es tanto más terrible cuanto más grande es la impotencia al no poder hacer nada para impedirlo, pues el hijo siempre es libre y ella no puede intervenir en la libertad de su hijo.

¿Qué hacer entonces? ¿Quedarse de brazos cruzados y torturarse pasivamente viendo cómo el hijo se aleja sin poder hacer nada? De ningún modo. La respuesta nos la dio Santa Mónica y es muy sencilla, aunque nada fácil: rezar. Sí, rezar con toda fe, esperando siempre “contra toda esperanza” (Rm 4,18). Y no porque la oración sea la única opción que queda. Como si la oración fuese el último refugio al que se acude cuando está todo perdido, basado en la posibilidad remota de que algo cambie.

El cristiano intercede por los demás porque sabe que Dios le escucha. Porque tiene la absoluta seguridad de que su Padre le oye siempre.

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!” (Mt 7, 7–11)

¡Y cómo no va a escuchar Dios los ruegos de una madre por su hijo! Si ella desea sobre todas las cosas la felicidad de su hijo, ¿Acaso Dios no la desea también y en un grado mayor? Si toda madre está dispuesta a morir por el fruto de sus entrañas, ¿Dios no ha dado su vida ya en la cruz por la salvación de sus hijos? Si ella tiene el corazón desgarrado por el dolor al ver a su hijo así ¿Como Dios no va a sufrir también hondamente al ver a su hijo apartarse de Él?

Si una madre sufre por su hijo, Dios también sufre. Sus lágrimas, son las lágrimas de Dios. ¿Cómo seguir entonces dudando de que Dios se va a negar a escuchar? En este sentido, la oración de una madre es una de las oraciones más poderosas del planeta porque tiene en sí el poder de conmover profundamente el corazón de Dios.

¡Qué serían de los hijos sin las oraciones de sus madres! Son esas plegarias las que sostienen al mundo, Y yo me atrevería a decir que detrás de cada conversión, de cada vocación, de cada milagro humano, se encuentran siempre de fondo horas enteras de oración materna. San Agustín fue lo que fue gracias a los ruegos incesantes de Santa Mónica. Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer cuya presencia, discreta pero real, no es secundaria.

¡Que ninguna mujer desespere pues cada plegaria, cada lágrima, Dios la ve y la recoge como un único tesoro! ¡Que no pierda ningún hijo la esperanza de la conversión si tiene a una madre que interceda por él!

Dichoso el hijo que tenga una madre que siempre rece por él, porque de él es el Reino de los Cielos


Imagen: tapchisinhvien.vn

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