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CUANDO LA BELLEZA TE HIERE

Photo Credit: Hebe Aguilera via Compfight cc

Photo Credit: Hebe Aguilera via Compfight cc

Hoy vi una obra de arte que me hizo llorar… perdón, que me… conmovió considerablemente. No sé si por la emoción que despertaba en mí la grandeza del artista o si por el activismo y prisa que tantas otras veces me habían impedido detenerme a contemplar tal portento. No sé por qué razones, pero lo cierto es que hoy entreví algo del misterio que late oculto detrás de cada belleza.

La perfección de sus formas es desconcertante. Para apreciar su esplendor se requieren –como calificaban los espartanos a las mujeres más guapas- “dos miradas”, porque con una no alcanzas a descubrir todo su encanto. No dejas –en efecto- de advertir nuevos detalles que van añadiendo a la obra una perfección insospechada… ¡Qué grande el artista! –pensaba para mis adentros- ¡Qué maestría para crear algo así!

Su originalidad es a la vez sencilla y sublime. Sus colores, intensos: el verde tan refinado y el blanco tan galán. La disposición de los cinco blancos lienzos conjuga a la par la armonía con la más suculenta simetría. Acomodados con una proporción que solo una mente maestra podría idear. Su textura le da un toque de vivacidad formidable, conduciendo la mirada hacia el centro de los cinco lienzos, donde late el majestuoso clímax de la obra. Se despliegan nuevos tapices, con nuevos colores, que abriéndose invitan al espectador a asomarse a su interior y descubrir con lujo de detalle nuevas maravillas. Cuatro líneas de un color morado intenso, no se le podría agregar ni quitar una sola. Después, un chisporroteo de puntos que hacen barruntar el ingenio inagotable del artista. En fin, todo una danza entre la elegancia y la pureza.

Es parte del enigma de lo bello: aquella orquídea me revelaba, al tiempo que me ocultaba, una irradiación del misterio. Me abría el apetito, dejándome con ganas de algo más, de una belleza que no marchitara…

Entre más contemplaba, más lograba captar en mi alma cierta sintonía con esa belleza. ¿Qué había en mí que provocaba tal arrebato? O más bien, ¿qué mágico poder era aquello capaz de ejercer sobre mí? Su hermosura tocaba las fibras más íntimas de mi espíritu, esas que te recuerdan que eres algo mucho más que pura materia. Experimentaba aquella “saludable sacudida” que refería Platón como función esencial de la belleza. Una sacudida que, en efecto, arranca de sí al hombre y que -como dice Benedicto XVI- es “como un dardo que lo hiere pero que le “despierta”, abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto”.

Hacia lo alto. Es cierto. Y se experimenta con una fuerza convincente más atropelladora que el más contundente silogismo. Continúa el Papa: “la belleza golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone en marcha, lo llena de nueva esperanza, le dona la valentía de vivir hasta el final el don único de la existencia. (…) Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad.”

De alguna manera sé -gracias a aquella orquídea que me lo prometió- que mi destino úiltimo es la Belleza Infinita.

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