Cuando Dios te pide algo… – LC Blog

Cuando Dios te pide algo…

“Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». […] Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2,22-40 / Sagrada Familia – Evangelio completo al final)

 

Espero que hayás asistido a un bautizo… uno que no sea el tuyo, si te bautizaron de bebé. Si no estabas demasiado distraído por el hambre o por los bebés llorando, quizá pusiste atención a lo que estaba sucediendo. Ese niño o esa niña que bautizaban estaba naciendo por segunda vez. En la primera, nació a la vida en este mundo, con un papá, una mamá, posiblemente hermanitos, tíos y primos… En la segunda vez, nace a la vida del espíritu y Dios es su Papá, la Virgen María su mamá y todos los demás bautizados son sus hermanos.

El bebé no sabe ni entiende lo que está pasando. Pero sus papás y sus padrinos deberían tener la capacidad de entenderlo… y entender que están asumiendo una gran responsabilidad: ellos se encargarán de educar y formar a este hijito de Dios. Si este niño crece para ser un gran santo y tener una excelente relación con su Padre del Cielo, ellos habrán hecho un gran trabajo… pero si este niño reniega de su Familia, se va de la casa de su Padre y hasta calumnia en contra de Él y lo persigue, gran parte de la culpa reposará en los hombros de aquellos encargados de formarlo.

Pero hoy no pienso tanto en los jóvenes – y no tan jóvenes – descarriados… más bien, tengo en mente a aquellos que han tenido un encuentro personal con Dios y han sentido su llamado a seguirlo más de cerca. Uno creería que sus papás y sus padrinos han hecho un excelente trabajo. Y vaya sorpresa cuando uno se entera que el niño quiere hacerse sacerdote o la niña quiere consagrar su vida a Dios, y lo único que se impone entre Dios y su elegid@ es el “no” rotundo de parte de sus papás. ¿No fueron ellos los que se comprometieron a llevar a su hijo hacia Dios, a enseñarle que la verdadera felicidad está sólo en Él? ¿Cómo pueden, entonces, interponerse entre estos dos corazones que son uno para el otro?

¡Atención!: el no tener hijos o el que ya estén grandes, no es excusa para darle “next” a esta reflexión. Dios nos pide algo cada día: unos minutos con Él, un pequeño sacrificio en la comida, un gesto de caridad con alguien que lo necesita… No nos pide todo eso por capricho suyo, sino porque sabe que es lo mejor para nosotros… así como la mamá le da verduras, carne y pollo a su hijo en vez de darle sólo dulces y pasteles. Dios le dio a María y a José un hijo, su Hijo… y también se lo pidió de regreso: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor.” (Job 1,21)

Que nosotros, como la Sagrada Familia, podamos siempre reconocer todo lo que tenemos como un regalo de Dios. Que podamos siempre poner todos nuestros dones y talentos – que Él nos ha dado – a su servicio. Y que podamos ver y experimentar que cuando nos ponemos en manos de Dios, Él nos hace crecer y robustecernos en la fe, Él nos llena de sabiduría y su gracia estará con nosotros para siempre.

 

 

“Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.”

Previous post
Madre de Dios y Madre nuestra
Next post
"Tu eres mi hijo amado..." (Mc 1,11)

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

Cuando Dios te pide algo…