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Corazón de Jesús, modelo del corazón sacerdotal

Por Luis Antonio López, LC

¿Qué hay en el Corazón de Cristo que tanto ama a los hombres? Cuando pensamos en el Corazón de Cristo, pensamos en un Corazón de Carne, pensamos en un Corazón traspasado de amor por los hombres, pensamos en un Corazón cubierto de llagas y abierto a Dios y a los hombres.

Cuando pensamos en un sacerdote podemos preguntarnos sobre su corazón: ¿cómo debe ser el corazón de un sacerdote?

En el Evangelio, Cristo solo una vez se puso a sí mismo como modelo para que le imitáramos e hizo referencia a su Corazón: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29). En el Corazón manso y humilde de Cristo está la síntesis de su amor.

Todo cristiano está llamado a la imitación de Cristo, pero de modo especial los sacerdotes. Quien ha sido llamado al sacerdocio invierte muchos años de formación para estar a la altura de las necesidades de las personas. Lo más importante para un sacerdote es formar su corazón para que sea como el de Cristo. Esto lo hace Dios en el corazón del sacerdote después de muchos años de contemplación y del esfuerzo por imitar las virtudes de Cristo.

Hay tres lugares para conocer, amar e imitar a Cristo: en el Evangelio, en la Cruz y en la Eucaristía. En estos tres lugares descubrimos con facilidad las virtudes que avalan el Corazón de Cristo, especialmente su mansedumbre y su humildad, que son la puerta por donde pasa su amor hacia nosotros.

¡Qué grande ejemplo nos da Cristo en el Evangelio, que no vino a ser servido sino a servir! ¡Cuánto podemos aprender de la contemplación de Cristo clavado en la Cruz, donde su amor llega hasta el extremo y no se ahorra nada para que nos salvemos! ¡Cuánta sencillez y cuánta humildad de Cristo que ha querido quedarse entre nosotros para acompañarnos y hablarnos en esos bellos momentos de silencio íntimo ante la Santísima Eucaristía! En estos tres lugares, el sacerdote encuentra un modelo que imitar y son los lugares privilegiados para dejar que Cristo, sus miradas, sus palabras, sus gestos, penetren su propio corazón y haga de él un reflejo vivo de su Amor.

San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo (Fil 2,5). Cuanto más el corazón de un sacerdote está lleno de los sentimientos de Cristo, tanto más amará a las almas como las ama Cristo. Cuantas más horas acompañe a Cristo, tanto más fácilmente las personas podrán descubrir el amor tan infinito con que Dios las ama, pues Dios quiere dar a conocer su Amor a través del corazón de sus sacerdotes.

El Corazón de Cristo es un tesoro de amor que llevamos en vasijas de barro (2 Cor 4, 7). Nos maravillamos que el Señor haya elegido instrumentos tan pequeños para hacer presente su amor entre los hombres. Parecería como si esto fuera una especie de limitación que Cristo mismo ha querido poner a su amor. Por esta razón, vemos lo importante que es para el sacerdote dejar que Cristo modele su corazón. ¡Jesús manso y humilde de Corazón, haz mi corazón semejante al Tuyo!

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