“Conócete a ti mismo”: la maldición de los espejos – LC Blog

“Conócete a ti mismo”: la maldición de los espejos

 “Conócete a ti mismo”. Entrar en tu propia alma, bucear en el fondo de tu ser: un viaje al centro de la tierra que ha sido la vía privilegiada, desde que el hombre es hombre, por todos los que han buscado la sabiduría y la vida auténtica y en plenitud. Y es la vía que anhelan también, quizás inconscientemente, la generación millennial y la i-generation, educados en un mundo que los ha educado a vivir en las afueras de su corazón, atentos sólo al siguiente estímulo de la pantalla más cercana.

Encontrarse a sí mismo. Suena super “kung-fu-panda”, suena a road-movie adolescente. Y, sin embargo, si vas a salir de La Comarca, puedes dejar tu selfie-stick en casa, porque inicias un viaje no apto para turistas. “El corazón es un abismo” decía un viejo ermitaño egipcio, ya en el siglo IV: no hacía falta esperar a Freud para saber que adentrarse en el propio corazón significa nadar en aguas en las que no se hace pie, significa bucear en un océano del que nunca llegarás a ver el fondo, significa nadar en alta mar de noche y a solas. Porque nadie ha dicho que buscarse a sí mismo garantice que te guste lo que vas a encontrar.

Michael Ende, en “La Historia interminable”, nos habla de tres pruebas que debe atravesar un personaje para llegar a su destino. La segunda de ellas es un espejo que le muestra a los caballeros su interior, su verdadero ser: al protagonista no le parece una prueba muy difícil, y sin embargo…

– De todas formas -opinó Atreyu-, esa Puerta del Espejo Mágico me parece más fácil de atravesar que la primera.

–  ¡Error! -exclamó Énguivuck, empezando a andar otra vez excitado de un lado a otro-. ¡Craso error, amigo! He comprobado que precisamente los visitantes que se consideran especialmente intachables huyen gritando del monstruo que los mira irónicamente desde el espejo. A algunos tuvimos que tratarlos durante semanas antes de que estuvieran siquiera en condiciones de emprender el viaje de regreso. (…) Para otros fue menos espantoso, pero todos tuvieron que vencerse a sí mismos.

En ese sentido, cuentan que Oscar Wilde anotó en su diario estas significativas palabras del poeta Baudelaire: “¡Oh, Señor! ¡Dame valor para mirar mi corazón sin repugnancia!”. El famoso literato, en efecto, bajo una máscara de vida libertina, elegancia, ingenio y  humor sin límites ocultaba un corazón angustiado que se despreciaba a sí mismo, y que percibía agudamente la contradicción entre la verdad que intuía y la vida que llevaba. Su famosa novela “El retrato de Dorian Gray” no es, en ese sentido, sino el exorcismo de algo que él estaba viviendo. En cierta ocasión, le contó esta fábula a un amigo:

Un hombre vio a un ser que escondía su cara de él, y él se dijo: “le obligaré a que me muestre su rostro”. Huyó mientras él lo perseguía, hasta que lo perdió de vista, y continuó su vida como siempre. (…Años más tarde) en un espejo vio al ser que había perseguido en su juventud. “Esta vez no te escaparás”, dijo, pero el ser no trató de escapar y dejó de esconder su rostro. “¡Mira!” gritó, “y ahora sabrás que no podemos volver a vernos, pues este es el rostro de tu alma, y es horrible

En Kill Bill 2, David Carradine le decía a Uma Thurman que lo que hace distinto a Superman de, digamos, Peter Parker, es que mientras para este último su máscara oculta su verdadera identidad, en el caso de Superman el disfraz es Clark Kent: Superman es su verdadera identidad. Igualmente -le decía- esa vida de ciudadana amable y de bondadosa madre de familia que llevas, bajo un seudónimo…es sólo una careta, que oculta la oscura verdad de tu interior: tú eres realmente Beatrix Kiddo, una brutal asesina sin escrúpulos…

“You would’ve worn the costume of Arlene Plympton. But you were born Beatrix Kiddo. And every morning when you woke up, you’d still be Beatrix Kiddo…I’m calling you a killer. A natural born killer. You always have been, and you always will be. Moving to El Paso, working in a used record store, goin’ to the movies with Tommy, clipping coupons. That’s you, trying to disguise yourself as a worker bee. That’s you tryin’ to blend in with the hive. But you’re not a worker bee. You’re a renegade killer bee. And no matter how much beer you drank or barbecue you ate or how fat your ass got, nothing in the world would ever change that…”

Algo así le pasa al hombre: le acecha el miedo de que, como Luke Skywalker en la cueva de Dagobah, al afrontar el enemigo descubra que éste tiene su rostro. Que descubra que el mal está en sí mismo, que su verdadera identidad cae del Lado Oscuro de la Fuerza, y que todas sus pretensiones de virtud no son sino una careta ridícula. Muchos hombres han caminado durante años en busca de su corazón, para encontrar finalmente sólo “tohu-bohu”: caos, desorden y vacío, lo mismo que veía el Dios del Génesis antes de crear el universo. Y si algo demuestra el estallido, la traca de escándalos sexuales hollywoodienses que adereza nuestros telediarios en las últimas semanas, o el descubrimiento de aún más casos de corrupción política, que parecen brotar del suelo como setas en otoño…es precisamente que hay algo profundamente enfermo en el corazón del hombre. No hace falta, en todo caso, irse a esos casos tan extremos y tan de telediario: puedes percibir ese virus en ese torpor, debilidad y cansancio interior que te impide una y otra vez levantarte para enderezar tu vida y llevarla hacia donde sabes que debes ir; en ese mecanismo psicológico fatal que te domina y del que no logras desembarazarte -fruto, quizás, de alguna herida del pasado- en esa cobardía, en ese miedo a la luz que te impide afrontar alguna verdad dura, difícil, incómoda, y que te hace vivir en la doblez y en la mentira; en esa repugnante envidia que sientes hacia alguien de cuyo bien deberías alegrarte; en ese vicio o adicción que te encadena y que has acabado por justificar y bendecir en tu interior; en ese odio ardiente e irracional, en ese rencor que te está consumiendo por dentro…en ese egoísmo infantil y narcisista que te lleva a considerarte siempre una pobre víctima ofendida. El mismo éxito de “Black Mirror” se debe a que no trata realmente de tecnología: ésta es sólo una excusa, un (negro) espejo de la condición humana, que nos muestra qué sucede cuando un poder (tecnológico) más grande se pone al servicio de nuestras mezquindades; y cómo, por ejemplo, el tipo más inofensivo, dotado de suficiente poder, se podría convertir en un tirano sin escrúpulos, en un “asshole god” (U.S.S. Callister).

Sí, toda vida humana es una cuerda tendida entre la bestia y el super-hombre, el canalla y el héroe, y nuestra libertad juega siempre en ese peligroso equilibrio. Detrás de nuestra fachada de orgulloso príncipe Theon de los Greyjoy se oculta siempre un despreciable Reek (it rhymes with weak!). Y quizás Frodo no compadecería tanto a Gollum si no fuera porque empieza a intuir que hay también un Gollum acechando en su interior, esperando la oportunidad para manifestarse. Por ello, nuestra alma es un cuarto oscuro, en el que pocos se atreven a entrar a solas. Y cuando no hay en él ninguna bestia especialmente horrible, es precisamente su vacío, sus carencias lo que nos atormenta: el hombre es un espíritu, y como tal, está hecho para desear el Infinito, para no conformarse con ser nada menos que un dios. “I want it all and I want it now”. Cualquier rebaja es siempre para él una frustración monstruosa; cualquier límite es una humillación insoportable. Habría que dudar de la sinceridad o de la cordura de quien dijera no encontrar en sí mismo insuficiencia, límite, y deseo de más…

Todas estas contradicciones interiores pueden producir en el hombre una profunda tristeza, como la que retrataba así el poeta Pedro Salinas:

 “Estoy triste esta noche

porque soy lo que soy, como lo árboles

que esclavizados a su tronco sufren

tanto a los lados de las carreteras

por esas pobres vidas

que podrían matar, si hay algún choque.

Estoy tan triste porque soy un hombre,

porque el hombre hace daño,

hace daño, hace daño.

Y eso sólo se sabe

en las noches de enero como ésta,

en que la nieve quita

todas sus ilusiones al futuro,

y el mundo ya sin labios

parece todo blanco, una conciencia,

que grita fríamente esa luz cruda

que nos callamos tantos años

con la complicidad de muchos besos”

“In interiore hominis habitat veritas”, decía Agustín de Hipona. Sí, en el interior del hombre habita la verdad…pero, como dice Nietzsche, ¿cuánta verdad es capaz de soportar un hombre?

Por eso, no es extraño que la evasión sea la opción que tomen tantos, huyendo de la interioridad como de la peste, viviendo en las afueras de su corazón, engañando y manipulando su conciencia como el protagonista de “Memento”, o viviendo de apariencias y falsedades, como el protagonista de Vanilla Sky (“it’s only a mask if you treat it that way”). La desesperación es fruto de darse cuenta de una terrible verdad: la auto-redención es un fraude. Nadie puede salvarse a sí mismo. Nadie puede sacarse del barro tirando de sus pelos hacia arriba. Occidente ha propuesto dos estrategias de redención “hágalo-usted-mismo”, y ambas han fallado. La primera es la vía de la voluntad: “quiérelo con mucha fuerza y tu sueño se hará realidad”. No importa de qué se trate: ¿triunfar profesionalmente, dejar la droga, convertirte en mujer? Basta que lo quieras de verdad, y sucederá. La segunda es la vía de la inteligencia: cambia tus ideas, y la realidad cambiará. Difunde la ideología feminista, y las violaciones y abusos desaparecerán de la faz de la tierra. Y el fracaso de estas estrategias ha consagrado el ocaso de los héroes: la coronación de Deadpool. La Humanidad parece haber llegado a creer, como en la estatua de Gaetano Cellini “L’Umanità contro il male”, que el hombre está hecho del mismo barro, del mismo mal que intenta inútilmente destruir.

Eso parecía sentir el filósofo Wittgenstein, cuando escribía:

“Yo puedo rechazar la solución cristiana del problema de la vida (redención, resurrección, juicio, cielo, infierno) pero ciertamente no por ello queda resuelto el problema de mi vida, porque yo no soy ni bueno ni feliz. Yo no estoy redimido (…) Tú tienes necesidad de redención. Si no, estás perdido (…) Conocerse a sí mismo es terrible, porque al mismo tiempo se reconoce la instancia vital, y la propia insuficiencia (…) como el insecto zumba en torno a la luz, así yo en torno al Nuevo Testamento”

Este famoso filósofo del siglo XX aludía al Evangelio, pero ¿qué visión nos ofrece de este problema el cristianismo? El cristianismo, en efecto, lo conoce bien, y le da el nombre de “pecado original”. Es esta realidad la que le hace exclamar al profeta Jeremías aquello de “Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿qué hombre hay que lo conozca?”. Es cierto que encontramos ese “tohu-bohu”, ese caos y vacío en nuestra alma, pero la fe nos dice que ese abismo no es tu verdad más profunda: no es ni la primera ni la última palabra sobre tu identidad. No es la primera: la primera es mirada amorosa de Dios sobre tu ser. “Antes de que formarte en el vientre de tu madre, ya te conocía. Antes de que nacieras, te tenía consagrado”. Has sido creado porque Dios te miró y te amó, y amándote te dio la existencia. No es la última: Dios quiere realizar en ti una nueva creación, haciendo todas las cosas nuevas en tu interior: “Os daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Quitaré de vosotros el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. Él mira, como en la visión del profeta, ese valle de huesos secos que es tu interior, y envía su espíritu, dándote una vida nueva.

(Si la evangelización ha cometido un error trágico ha sido el de presentar el cristianismo ante todo como un billete de entrada a un cielo nebuloso que empezará cuando la palmes…en vez de explicarlo como un proceso de curación, como un camino de iluminación y divinización, que culminará, sí, más allá de nuestra vida física, pero que empieza aquí y ahora. Es posible, vivir desde ya, una vida transfigurada. En cambio, hemos reducido el Camino a “cumplir la ley”, y nuestra divinización, a “morir confesados”)

En resumen: “acéptate a ti mismo”, a secas, es una utopía, una frase cursi, un mantra hueco. Imposible sin Dios. Imposible asomarse al abismo de tu corazón, con su séquito de miedos, heridas, tendencias desordenadas, deseos insatisfechos, culpas…sin la compañía y la mirada de Cristo. Sólo desde ese amor que te acepta donde estás es posible reconciliarse con uno mismo, y sólo desde la fuerza de su Espíritu puede surgir, de ese caos primitivo, un nuevo jardín del Edén. Porque, como decía Oscar Wilde, aludiendo a un episodio bíblico,

“When one has weighed the sun in a balance, and measured the steps of the moon, and mapped out the seven heavens star by star, there still remains oneself. Who can calculate the orbit of his own soul? When the son of Kish went out to look for his father’s asses, he did not know that a man of God was waiting for him with the very chrism of coronation, and that his own soul was already the Soul of a King” (…) Christ does not really teach one anything, but by being brought into his presence one becomes something. And everybody is predestined to his presence. Once at least in his life each man walks with Christ to Emmaus

Por eso, te animo, sí, a que busques, pero, sobre todo, te deseo que seas encontrado. ¡Buen viaje!

#AntropologíaExistencial

Previous post
Why Philosophy Is Important: an Introduction to Philosophical Thought and Its Significance Today
Next post
Buscando a Jesús

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

“Conócete a ti mismo”: la maldición de los espejos