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Conócete a ti mismo

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Por: César Jairo Tobón, L.C.

Dillon Wentwort, político y líder irlandés, decía que una vez preguntaron a Tales [de Mileto] qué era más difícil al hombre, y contestó: “Conocerse a sí mismo”. Gran cuestión que, incluso los griegos, tenían en el friso del templo del oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo». Desde siempre el hombre ha buscado encontrar una respuesta a este desafío y puede decirse que la sociedad actual dispone de tres caminos para hallarla: la lectura, la conversación y la reflexión.

Descartes, filósofo y matemático francés del siglo XVIII, escribía que la lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados. Sí, la sociedad es heredera de lo que vivieron muchos hombres en épocas anteriores y que, en su afán de alcanzar la verdad, dieron grandes pasos tanto en las ciencias como en las humanidades. Muchos de estos avances los han dejado escritos en invaluables libros. André Maurois, coterráneo de Descartes, nos ayuda a comprender la gran verdad de que el arte de leer es, en gran parte, el arte de volver a encontrar la vida en los libros y, gracias a ellos, comprenderla mejor e igualmente la lectura de un buen libro es un diálogo incesante, en el que el libro habla y el alma contesta. La lectura es un medio indispensable para conocerse a uno mismo, porque crea inquietudes que ayudan a preguntarse a cada persona por su SER.

El segundo medio para conocerse a uno mismo es la conversación. Inicialmente se subrayaba que la humanidad es heredera de los hombres que vivieron antes que ella, pero no por eso se debe olvidar que también es hija de esta época. Cuando las personas hablan, cuando se comunican entre sí, puede decirse que se transmiten su alma unas a otras. Porque están depositando en esa persona aquello que llevan dentro de sí. Poco a poco la sociedad comprende que bien decía Terencio: nunca me acerco a ti sin retirarme más sabio. Cada uno es un pozo de sabiduría del arte que conoce. Es un pozo para los demás y debe aprender a saciar su sed en él..

Actualmente la reflexión ha sido dejada de lado como algo inútil ya que no da frutos al instante. Cuenta Albino Luciani la siguiente anécdota que puede ofrecer luz sobre este tercer camino:

«En un determinado momento, inesperadamente, el hermano Cándido, le pregunta al muchacho: “¿Quieres que te enseñe también a viajar por el Ferrocarril del Paraíso?” La sorpresa se dibuja en el rostro del muchacho y de todos los viajeros. El hermano Cándido saca de su bolsa de viaje un folleto ilustrado y continúa: “Éste es el ferrocarril del Paraíso. Estación de partida: cualquier punto del globo terrestre. Tiempo de partida: cualquier momento. Tiempo de llegada: no puede preverse la hora para el viajero. Billete: estar en gracia de Dios. Revisor: el examen de conciencia. Avisos: tenga siempre preparado el equipaje de las buenas obras. Hay una forma de recuperar el equipaje perdido: por medio de la confesión”.

Terminada su explicación, con gesto amable y sonriente, regaló al muchacho y a los demás viajeros presentes el curioso y precioso itinerario, el cual movió tal vez al arrepentimiento y al propósito de enmienda.

Me diréis: “¡Este hermano Cándido es una versión dulcificada y raquítica de aquel avasallador Haspinger!”

¡Qué queréis que haga! La época actual, religiosamente débil, requiere un nuevo método apropiado. Lo importante no es el modo, sino el resultado: ¡Hace reflexionar!».

San Isidoro de Sevilla anotaba que todo progreso nace de la lectura y de la meditación. Juicio acertado y que se comprueba en la vida de muchos hombres. Es difícil la reflexión porque los hombres no están acostumbrados a ella. Como hijos de este siglo les es más fácil lo instantáneo. Se está viviendo en la cultura del ya, aquí y ahora. Porque a esta sociedad no le conviene que el hombre razone, piense, reflexione. Es ahí donde el hombre encontrará el valor de su vida, donde se conocerá en gran parte, aunque no de manera absoluta. Con dificultad conoce cada hombre qué es él hoy. Pero ni él mismo conoce qué será mañana (San Agustín, Serm. 46 27).

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