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Confiat. Confianza en Dios: clave para la vida espiritual.

Por Andrés Orellana, LC

 

Confíat.

Hace una semana casi me atraganto de la risa cuando en una cena, un hermano canadiense que parece un jugador de hockey dijo que a él sólo le daban miedo tres cosas en la vida: los terremotos, las arañas y los payasos. La verdad es que por más fuertes que nos creamos, siempre llevamos con nosotros un miedo escondido. Quizás uno de los miedos más grandes, sea el de entrar en contacto real con Dios, ponerme de verdad a escuchar qué me quiere decir hoy. ¡Qué absurdo sería pensar que Dios, después de crear a todo el universo y a su obra maestra: el hombre, no querría entrar en contacto contigo! Todavía más absurdo e ilógico sería pensar que no puede. No, no es que no puede, es que nos da miedo. En realidad somos nosotros los que no queremos entrar en contacto con Él, en un diálogo abierto, porque es como un terreno desconocido, y tenemos miedo de que vayamos a salir perdiendo.

Pero a Dios no hay que tenerle miedo, Él es paciente, misericordioso, bondadoso. La solución al miedo es la confianza en Dios. Para confiar en Dios son necesarias dos experiencias: la gratuidad y la gratitud. La experiencia de la gratuidad de Dios es experimentar su bondad y su misericordia, y así aprendemos a recibir de Él. Por la gratitud aprendemos a darle, y lo más que le podemos dar a Dios es nuestra confianza absoluta, pero éste es un regalo que Él nos dará con el tiempo, si nos dejamos guiar por Él. Al principio lo único que nos pide es un poquito de confianza. Ésta será para nosotros también la manera en que más recibiremos, pues Jesús mismo nos dice: Dad y se os dará. Hoy Jesús nos quiere decir: no te cierres, confía en mí.

Gratuidad.

“¿Y qué tienes que no hayas recibido?” (1Cor 4, 7)  Siendo creaturas, todo lo hemos recibido. Podríamos hacer una lista interminable de todo lo que hemos recibido. Los que tenemos la gracia de creer en Dios, sabemos que hemos recibido el inmenso don de la Fe. Pero podemos ir incluso a un nivel más básico, más fundamental. Requiere de un especial esfuerzo de humildad, pero con la ayuda de Dios y si nos esforzamos, podemos darnos cuenta cada día de una manera nueva de que hemos recibido de Dios el ser, la existencia, la vida. Antes no éramos y ahora, ¡somos! Esto es lo que significa reconocerse criatura: es reconocer que hemos recibido todo de Dios, porque nuestro ser es nuestro todo.

Dios, ¿por qué nos daría todo? Cuando en el Supermercado regalan productos nuevos, es para que los compres. Si te puedes ganar un viaje en un crucero si te sale el premio en la caja de cereal, es porque así la compañía de cereal vende más cereales. Dios, ¿por qué nos da todo? ¿Para qué nos creó? ¿Qué busca? La pregunta se pone incluso más interesante al saber que Dios es omnipotente. ¿Qué le puedo dar yo a Dios, si él todo lo puede? ¿Para qué me creaste, Señor, qué quieres tú de mí?

En efecto, es natural que los hombres tengamos intereses, porque tenemos necesidades. Dios, en cambio, no piensa como los hombres. Y esto es lo increíble, lo inesperado, lo inimaginable, lo nuevo, lo hermoso: Dios es amor, y Dios nos da gratis. Nos creó simplemente porque quiere, por su pura bondad, compartir su alegría con nosotros. Esto en sí es motivo para alegrarnos inmensamente, pero a veces nos entristecen nuestras culpas, errores y pecados. Pero Dios “se pasa” y sigue rompiendo nuestros esquemas. No sólo nos ha dado el ser, nos da el perdón, la salvación: ¡GRATIS!

¿Qué es eso de gracia? Es un regalo que Dios nos da gratis. Por eso la llamamos gracia, porque no hemos hecho nada para merecerla, cosa que rompe nuestros esquemas humanos. Este es el principio de la gratuidad: no es un derecho nuestro, Dios no nos debe nada. Nos da sus dones porque quiere. Nosotros tenemos que tener la confianza para pedirlos, y para recibirlos. Tenemos que creer en su amor entrar cada vez más en su manera de pensar y de ser para confiar más en él y abrirnos a recibir su amor.

Gratitud.

¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? (Sal 116, 12) Algo nos dice que el amor con amor se paga, y es verdad. El mayor don que nos puede dar Dios es su Amor, y es amando como el amor se recibe. Para amar tenemos que ser libres-piénsalo-, y es por eso que Dios nos ha hecho libres. Dios quiere darnos su amor, y por eso, quiere que lo amemos. Dios tiene la ilusión de compartir su amor con nosotros, porque Él es amor, y quiere compartir su ser con nosotros. Ya no es un don lo que nos quiere dar, sino que es “el don”, es el regalo más grande. Dios nos se quiere donar a sí mismo a nosotros. Pero para poder recibirlo, nosotros tenemos que purificarnos; o mejor dicho, que ser purificados.

Por eso Él, libremente, nos ha liberado, pagando nuestras culpas con su sangre y ganando para nosotros las gracias para poder vivir sin miedo, con la seguridad de que su amor es infinito: “Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia” (Jer31, 3). Dios nos atrae a sí con su amor misericordioso, y ese amor tan grande se manifiesta sobretodo en la cruz: “Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo (Jn 12, 32).” Ahora, dado que Él nos muestra su amor, nos ha liberado, la decisión está en nuestras manos. Aceptar este amor o no, depende de mí.

Necesito experimentar el amor de Dios hacia mí. Ese es el sentido de meditar y recordar los misterios de la pasión de Cristo. Los cristianos no pensamos en la crucifixión de Jesús por ser sádicos ni masoquistas. Lo hacemos para amarlo cada vez más; porque siendo Dios, Jesús hizo eso por mí. En la cruz Él me demuestra su amor y me inspira confianza. Bajo la cruz yo me siento seguro, me sé amado por un amor que no se acaba nunca.

Él quiso demostrarnos su amor primero. Ya Dios nos ha amado. Ya se entregó en la cruz, ya murió por nosotros y ya resucitó. ¿Qué más puede hacer para que confiemos en Él? Ya venció la muerte y pagó por nuestros pecados. Queda en nuestras manos el recibir ese amor. La Gratitud es esa respuesta del hombre a Dios, es ese abrir el corazón para recibir su amor. La gratitud es responder a ese amor, pero para responder tenemos primero que recibirlo, y para recibirlo tenemos que sabernos necesitados, sentirnos pobres delante de Cristo, confesar nuestros pecados y abrir nuestro corazón a la Fe; tenemos que confiar. Es por eso que “En esto está el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados.” (1Jn 4, 10)

Fíat (hágase).

Dios es tan bueno, que no sólo nos quiso demostrar que nos ama, sino que incluso nos dio un modelo de cómo recibir su amor. María no era Dios, era una criatura, como nosotros; y por eso se nos hace tan cercana. Ella supo abrirse a los planes de Dios, supo superar ese miedo, supo ponerse a escucharlo. El ángel saluda a la Virgen “llena de gracia”. María, por alguna razón, tenía miedo. Si no, el ángel no le hubiera dicho “No temas, María, porque Dios te ha favorecido.” Le estaban proponiendo una misión muy especial. Pero no es que María lo tuviera que hacer todo ella. Más bien, ella se dispuso a recibir al Hijo de Dios en su vientre. Se llenó de confianza en que el Espíritu Santo actuaría. “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí (fíat) lo que has dicho.” Y así entró a pensar como Dios, y Dios empezó a vivir en Ella.

Fíat (hágase). Otro fíat resuena, el fíat del hijo de Dios cuando entró al mundo. La carta a los hebreos nos dice que, al entrar al mundo, Cristo dijo: «Aquí me tienes: He venido a hacer tu voluntad.» Y de esa manera, la Madre y el Hijo se asemejan. De esa manera podemos también nosotros asemejarnos a Dios. María, ¡Ayúdanos a confiar en Dios! ¡Enséñanos a creer en su amor, a abandonarnos a su plan con confianza! Hoy es un día para decir también nuestro fíat, pero primero escucha a Jesús que también dice ¡fíat! Y me dice: ¡confíat!

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