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¿Cómo soy uno?

 

Nuestra vida es un entero. Quiero decir que cuando vivimos no podemos, o no deberíamos, ver cada una de nuestras actividades cotidianas como si fueran elementos completamente aislados, o como compartimentos totalmente independientes unos de otros. Lo que estudio y pienso está relacionado con lo que como y bebo, y también con las personas con las que vivo, y con mis momentos de oración. Me cuesta verlo así, y por eso a veces termino internamente dividido y cansado.

Recientemente experimenté una ligera incomodidad física. No fue algo muy grave, pero sí fue lo suficientemente incómodo como para alterar mi ritmo habitual de vida. Tuve que permanecer en reposo durante unos días en mi habitación.

Cuesta quedarse tanto tiempo solo con uno mismo; estoy exagerando con “tanto tiempo solo”, porque en realidad tuve muchas visitas y siempre estuve bien atendido. Pero como no pude llevar un ritmo de vida ordinario tuve la oportunidad de reflexionar sobre la unidad que de mi vida.

Normalmente duermo en mi habitación, estudio en la universidad, trabajo en mi oficina, hago oración en la capilla, como en el comedor y rezo el rosario caminando por los jardines. De esa manera yo tenía la impresión, inconsciente, de que esos diferentes lugares manifestaban zonas claramente distintas en mi vida; como si la separación espacial externa representara una división real interna.

Cuando tuve que dormir, rezar, comer, estudiar y trabajar en mi habitación a causa de mi convalecencia me di cuenta con mucha claridad de que yo soy el punto central de las actividades que yo realizo. Yo soy el responsable de una lista muy larga de compromisos, y a la vez, el afortunado beneficiario de una lista aún más larga de bendiciones.

La realidad de la unidad en mi vida me ha dado ilusión. Porque ahora sé que no tengo que estar trabajando, estudiando y orando como si yo fuera uno cuando trabajo, otro distinto cuando estudio y otro cuando hago oración. Soy yo siempre. La combinación única de mis talentos y debilidades me acompaña en todo momento y me hace único, capaz de preguntas y situaciones, respuestas y soluciones que nadie más puede generar.

Al mismo tiempo, sé que Dios me ama y protege no sólo cuando hago oración… me ama y acompaña siempre, porque soy el mismo que ora y el mismo que come, el mismo que ríe. Él se interesa por todo lo que hago, por cada cosa.

Sé que esta no es una de esas ideas que entran una vez en la mente y en el corazón para permanecer ahí para siempre; creo que es más bien una de esas otras ideas que hay que refrescar día a día, en la oración, en el estudio y en la relación con mis hermanos.

No es fácil aceptar los momentos difíciles de nuestras vidas, pero todo eso puede cobrar un sentido distinto cuando re-descubrimos que cada uno… somos uno.

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