Como Dios manda

Hay que hacer las cosas bien. Despertarse temprano. Comer a sus horas. Llegar puntual. Cumplir lo prometido. Ser fieles a la pareja. Echarle condimentos a los tacos. Como Dios manda–dice uno. Bonita costumbre, con la que en castellano reconocemos la sabiduría y esplendidez de los mandatos de Dios. Detrás del dicho, está la verdad de que cuando Dios manda algo, nadie le gana. Dios hace las cosas con perfección y se luce al hacerlas. Porque la caridad es decorosa. (1 Cor 13).

El Evangelio de hoy (Mc 1,21-28) nos refiere que la forma de enseñar de Jesús era nuevo, pues “hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. ¿Cómo mandaba Jesús? Al parecer con una autoridad fuera de lo común. No como lo hacían los maestros de la época. No con miedo ni represión, sino con un amor que libera.

Un amor que libera. ¿Qué relación tienen la autoridad y el amor liberador? El Evangelio desprende la autoridad de Cristo no de su oratoria, ni de su corrección política. Ni siquiera de su amabilidad o cariño. Cristo libera. Calla a los espíritus inmundos y lleva a cabo en presencia de la asamblea un exorcismo histórico.

El amor de Cristo es liberador. Nos libera de las ataduras que nos amarran las buenas intenciones y nos congelan el ejercicio de la virtud. Nos libera de los nudos del egoísmo. Cierra nuestros círculos para que nuestro sistema fluya y podamos ser personas plenas. Y cuando los presentes en la sinagoga se dan cuenta que el amor de Cristo es de veras, y se concreta en la liberación de todo lo que nos hace mal, entonces reconocen que su enseñanza es fuera de lo normal. Y reconociendo creen.

Dice el profeta Oseas en el Antiguo Testamento, hablando de la esposa infiel que regresa arrepentida al marido como alegoría del pueblo infiel de Israel, que iba a quitar de su boca los nombres de los Baales (demonios o ídolos), y nunca más serían mencionados por sus bocas. Y cuando leí el Evangelio de hoy me acordé de este pasaje de Oseas. Porque Dios nos ama con amor esponsal. Es el esposo fiel. Es la cabeza de la familia de la Iglesia, que somos nosotros. Y su autoridad nos libra de todo aquello que nos ata y nos rebaja. Por lo tanto, la mejor terapia para sanar heridas, para superar trabas, para perdonar o ser perdonado, es dejarse sanar, perdonar y liberar por el único que puede hacerlo de raíz. En resumen, es entregarle a él los círculos abiertos de nuestras vidas para que él expulse lo que necesite ser expulsado y los cierre. Como Dios manda.

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2 Comments

  1. Kyra Haydée Duarte de Gaxiola
    1 febrero, 2015 at 16:09 — Responder

    siempre será un enriquecimiento y una enseñanza leer tus reflexiones. En la distancia mis bendiciones

  2. Sylvia de Valenzuela
    2 febrero, 2015 at 06:18 — Responder

    DIOS te bendiga Javier Gaxiola y te conceda llegar a tu ordenación con ese amor multiplicado, para bien de su Iglesia. Te necesitamos.

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