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¿Cómo compaginar la justicia delante de la novedad de la misericordia cristiana en la actualidad?

Introducción:

Consideremos en este artículo la posibilidad de una compaginación del concepto de justicia ante la novedad de la misericordia cristiana que estamos viviendo con mayor intensidad en este año jubilar abierto por el Papa Francisco.

No responderemos a todas las complejidades que trae el aplicar la justicia en casos particulares, al considerar la novedad de la misericordia que aparece en el escenario como una luz divina capaz de elevar el concepto y la aplicación de la misma justicia, sino ofreceremos bases para posteriores maduraciones en el tema.

Me basaré en la perenne tradición del concepto de justicia, especialmente de línea más clásica, y en algunos documentos del magisterio de los últimos Papas, que nos ofrecerán pautas de reflexión y de discernimiento ante dicha compaginación.

 

I: Una mirada objetiva al desarrollo conceptual de justicia a lo largo de la historia:

Como sabemos, la justicia implica dar a cada uno lo suyo. Sin embargo, dicha definición no es fácil de ser aplicada en todos los sectores de la vida humana y de la sociedad. Entran en juego otras nociones intrínsecas a la definición como: qué hay que dar a cada quien, de qué individuo se trata, qué méritos tiene, el factor de la igualdad ante la ley y la norma común, etc. Hay que dar a cada uno lo suyo, pero el problema siempre ha sido: ¿Qué le toca justamente a uno que favorezca el bien común y no disturbe la armonía social?

Antes de Platón y Aristóteles los pensadores más antiguos ya percibían que, en cierto sentido, la justicia iba de la mano de un orden natural que entraba en consonancia con el orden del cosmos. Por tanto, el actuar humano en ámbito social, familiar, inclusive religioso, era respaldado por la conciencia en lo más profundo de su ser de que entre justicia, ley y orden había una interacción armoniosa que, en el ser y obrar de cada hombre, reflejaba precisamente el orden superior, el del cosmos ordenado. Ir en contra de esto era una estupidez de parte del individuo.

Es en la República donde Platón demuestra esta teoría, aludiendo al alma y lo que a cada uno le competía dentro de la polis para el bien del Estado. Si un individuo era muy racional, debería hacer el filósofo. Si era de una razón más práctica, debería convertirse en artesano; si era aguerrido, en un buen soldado. De este modo, a la hora de aplicar la justicia, es decir, de dar a cada uno lo que le toca, sería bien fácil, pues lo que se daría sería según el valor de lo que hacía cada quien.

La idea de Platón no es del todo completa. Es Aristóteles quien subraya con fuerza la bifurcación de la consideración de la justicia: de un lado la justicia implica reparar daños cometidos y, por otra, consiste en la distribución justa de los bienes o los honores debidos a una persona. Por tanto, entra en cuestión el factor de la proporcionalidad, que va más allá de la igualdad, puesto que objetiva tanto el bien común como el valor de una acción individual, que por sus méritos o por sus desméritos recibe lo suyo. Entonces, se crea la interacción entre estos conceptos: justicia-valor proporcional-bien individual-preservación del bien común. Los sofistas, en cambio, fundaron la justicia en la voluntad de los potentes de la sociedad, por tanto, consideraban la justicia no como virtud, sino como producto de los hombres, donde prevalece lo que se establece por el más fuerte.

En el mundo romano, el exponente teórico de justicia es el de corriente estoica, Cicerón, que llevó inúmeros casos judiciarios, de los cuales nos llegan hoy sus discursos elocuentes y contundentes de defesas. También encontramos la figura de Ulpiano en el siglo III que formula el axioma: “la justicia es la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo” y añade: “tiene vigor de ley la que lo que le gusta al rey”. Avanza la historia y avanza también la maduración de la formulación de justicia. Es Santo Tomás que ofrece la distinción basada en la tradición “ius romanum”. De un lado, es ley lo que ha sido mandado (ius quia iussum) y por otro, es ley lo que es justo (ius quia iustum) (1). Para Tomás la ley natural es el modo en que se manifiesta al hombre el orden racional impreso por Dios en el cosmos; dicho orden es descubierto por el hombre en la naturaleza de las cosas.

En última instancia- para no alargar nuestro discurso- se constata en el pensamiento moderno una fractura histórica entre la ligación del poder divino (de la Iglesia en la figura del Papa) con el poder positivo (del Estado). Se establece un ius naturalismo en cuanto cada realidad existe autónomamente, con lo que se desemboca en la mentalidad moderna la síntesis que pregona que la ley es fruto de la racionalidad del hombre. Así cada pueblo hace sus leyes independientemente de conceptos y nociones universales a todos los hombres (véase que la filosofía de Hobbes muy influenciada por la reforma protestante).

Se rompe así la trascendencia del hombre ante la realidad de un Dios que siempre precede en el colocar las normas de modo inscrito en su corazón para vivir rectamente y establecer las leyes- y obrar justamente- de acuerdo con esta. Es el peligro que ha atravesado y atraviesa la humanidad en este sentido. La historia es testigo de las peores consecuencias que trae consigo el límite de la razón humana, que en vez de abrirse a la trascendencia de la justicia con la novedad del amor frente las vicisitudes humanas, termina, en cambio, asfixiándose y no menos apocándose, cegando la existencia en formas de sistemas y gobiernos sin fundamento y sin esperanzas para el crecimiento del mismo hombre (v. gr.: positivismo; nazismo).

Hacer la justicia se vuelve, en última instancia, un pragmatismo pobre de trascendencia antropológica, como propone, por ejemplo, John Rawls con el intento liberal de tras-normativizar las virtudes, no sólo individuales sino de todo un pueblo, como la justicia. En síntesis, la filosofía moderna considera la justicia algo siempre en discusión donde prevalece la atribución de un buen orden social, por tanto, algo que compete solamente al sector político.

 

II: La aportación cristiana al concepto de justicia en la actualidad: caridad y misericordia:

No obstante el desarrollo del concepto y la aplicación de la justicia en diversos campos de la vida humana y social, la Iglesia siempre aporta con su sabiduría milenaria, invitando a todos los hombres de buena voluntad a la trascendencia misma, no sólo de lo que se entiende por justicia, sino de su vivencia racional y su aplicación concreta ante los problemas actuales de la sociedad.

  1. Estando en el Año de la misericordia abierto por el Papa Francisco, surge inmediatamente la duda sobre la reciprocidad entre justicia y misericordia, puesto que hoy más que ayer, nos deparamos delante de tantos problemas en los que entran en juego dichos conceptos: ¿cómo hacer justicia delante de los inmigrantes, de los terroristas, de la corrupción política, de la pobreza, de la discriminación, del aborto, etc.? Y ¿a la vez encuadrando la riqueza de la misericordia que es netamente de envergadura cristiana? Así señala el Papa en su bula de proclamación del Año Jubilar:

La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. (…) Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación (2).

Hasta aquí está claro, de un lado, la perenne validez de justicia cuajada y madurada en el mundo occidental y, de otro, la novedad de Cristo con su mensaje de misericordia, hecho carne en sus mismos gestos salvíficos, a partir de la revelación que nos ha dejado. Pero sigue el Papa, ofreciendo una respuesta a nuestra cuestión:

La misericordia no es contraria a la justicia, sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. (…) Si Dios se detuviese en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacer superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Sólo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia (3).

  1. En este sentido, el valor de la misericordia como virtud que engloba la justicia y la trasciende posee un rasgo ciertamente evangélico, pero a la vez antropológico, puesto que, al aplicar la justicia, lo que se busca es el bien del hombre como persona y no simplemente intereses extrínsecos o egoístas. Además, promueve el crecimiento del hombre en su integridad como ser capaz de comunión y de relación, en la reciprocidad del dar y del recibir con justicia y con entrañas de misericordia. Esto nos lo hace notar muy bien la pluma pastoral y también antropológica de San Juan Pablo II que ya escribía en 1980:

El camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, es mucho más rico de lo que podemos observar a veces en los comunes juicios humanos sobre el tema de la misericordia. Tales juicios consideran la misericordia como un acto o proceso unilateral que presupone y mantiene las distancias entre el que usa misericordia y el que es gratificado, entre el que hace el bien y el que lo recibe. Deriva de ahí la pretensión de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales, y basarlas únicamente en la justicia. No obstante, tales juicios acerca de la misericordia no descubren la vinculación fundamental entre la misericordia y la justicia, de que habla toda la tradición bíblica, y en particular la misión mesiánica de Jesucristo. La auténtica misericordia es por decirlo así la fuente más profunda de la justicia. Si esta última es de por sí apta para servir de “árbitro” entre los hombres en la reciproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada, el amor en cambio, y solamente el amor, (también ese amor benigno que llamamos “misericordia”) es capaz de restituir el hombre a sí mismo. (…) La igualdad introducida mediante la justicia se limita, sin embargo al ámbito de los bienes objetivos y extrínsecos, mientras el amor y la misericordia logran que los hombres se encuentren entre sí en ese valor que es el mismo hombre, con la dignidad que le es propia (4).

 

  1. Para culminar la compaginación de justicia y misericordia en el siguiente punto de este trabajo debe entrar en este contexto otro término que nos permita entrever en el horizonte un triángulo virtuoso que nos permita arrematar este trabajo: la caridad. Y para ello me sirvo del gran legado que nos dejó el magisterio del Papa Benedicto XVI.

Es en su primera encíclica donde enfoca la relación entre justicia y caridad cristiana, y dice- mencionando la dimensión política como sector capaz de servir al hombre aplicando honestamente la justicia- que la Iglesia no tiene el poder ni el derecho de intervenir en temas que le competen solamente en última instancia practica al Estado o al poder político. Sin embargo, la Iglesia como Madre y Maestra interviene como la que despierta las conciencias para la purificación de la razón a la hora de realizar la justicia aquí y ahora. He aquí las palabras del Papa Emérito:

La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Y sabe que no es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales. (…) Al mismo tiempo es una tarea humana primaria, la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables (5).

El englobar y elevar la concepción de la justicia ante la novedad de la caridad, que es de orden sobrenatural, también es algo visto con mucha nitidez por el Papa Emérito. Cierto es que el amor existió desde siempre en la historia de los pueblos y de las culturas, pero una vez que el Hijo de Dios se encarna y abraza en su carne las vicisitudes humanas- por no decir también las injusticias de su época y de su gente- el amor ya no es un sentimiento bonito que descansa en la inmanencia del individuo aislado, sino que se purifica y se eleva en caridad, es decir, en amor de entrega desinteresada, vinculada con entrañas de misericordia como las entrañas de Dios por el pueblo de Israel y por cada el hombre.

El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo (6).

La visión del papa emérito va más allá del mero hacer justicia efectiva, lo que él propone es una consideración del hombre como un ser que necesita hacer justicia, pero siempre con la conciencia de que su existencia trasciende la aplicación fría de la ley. Es la Iglesia la que purifica su razón para discernir lo que realmente vale la pena en su jerarquía de valores, consciente de que, yendo más allá de justicia, el ser humano siempre lo que anhelará, en definitiva, en la búsqueda de lo que es justo, es el amor.

La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad» intrínseca a ella. (…) Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón. La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo (7).

 

III. Compaginación del triángulo virtuoso: justicia-caridad-misericordia a modo de conclusión:

  Tenemos en manos un triángulo virtuoso para establecer, por consiguiente, la compaginación filosófico-cristiana de lo que nos habíamos propuesto al inicio de este artículo para posteriores estudios: el concepto perenne de justicia delante la novedad de la misericordia en los días actuales. Sacamos tres conclusiones.

En primer lugar, la misericordia no debilita el empeño de la justicia, sino le confiere un sentido y una aplicación más humana, puesto que la justicia fría, la que es demasiada justicia, terminaría por ser injusticia. En este sentido, siempre se debe armonizar la racionalidad y la fe para dar a cada uno lo suyo, pero teniendo en cuenta no simplemente el “dar”, sino también lo que está detrás del “suyo”, siempre detrás de un “suyo” está una persona concreta, con una vida compleja y una historia particular. Sólo la misericordia puede elevar la mirada humana para compaginar el “dar” con el “suyo”.

En segundo lugar, hemos visto que hacer la justicia aquí y ahora va más allá de tener por objeto los bienes materiales que deben ser repartidos. Si por un lado el objeto de la justicia es algo material que justamente le toca a una persona, el objeto de la misericordia es el hombre que no vive simplemente de pan, el hombre que- según San Juan Pablo II- engloba y supera la justicia cuando sabe estrechar los vínculos de diálogo, de justa repartición de los bienes de la tierra, pero como quien camina hacia el Otro imperecedero, es decir, Dios, único capaz de satisfacer la sed de justicia de todo hombre. La misericordia pone al centro al hombre y no simplemente las cosas materiales.

Finalmente, de la mano de Benedicto XVI hemos captado que sólo la caridad puede hacer que la justicia sea más justa, puesto que el hombre en lo más profundo de su ser reconoce que, por más justo deba ser, está llamado a ir más allá de la donación de sí al otro en la caridad. Delante de la caridad que el cristianismo- en la carne del mismo Cristo- trajo al mundo, podemos salir de la frialdad de la justicia a la conciencia de una fraternidad donde no sólo somos justos, sino que nos amamos como hermanos e hijos del mismo Dios.

 BIBLIOGRAFIA:

1) SANTO TOMAS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II; q. 57-122.

2)3) PAPA FRANCISCO, Bula Misericordiae vultus, n.20-21.

4) SAN JUAN PABLO II, Encíclica Dives in misericordia, 14. La Iglesia trata de practicar la misericordia, 14e.

5)6) BENEDICTO XVI, Encíclica Deus caritas est, n.28.

7) BENEDICTO XVI, Enciclica Caritas in veritate, n.6.

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