Colombia, un pueblo que madura entre el “sí y el no” de una guerra que inicia su fin

Ser colombiano no es siempre fácil o al menos no lo es cuando sales de tu país. ¿Por qué? El colombiano de las últimas décadas nace con una herencia y una fama, fruto de la historia de su país y potenciada negativamente por los medios de comunicación.

Hasta hace unos años Colombia era sinónimo de guerra, narcotráfico y violencia. Pablo Escobar y sus cárteles, las FARC y sus bombas y la refinada cocaína colombiana acaparaban la atención internacional relegando a las sombras a los más de cuarenta y cinco millones de colombianos repartidos por nuestra exótica geografía.

Ni las letras de García Márquez o Álvaro Mutis eran capaces de silenciar las balas de las FARC. Ni la biodiversidad y fauna de un país de ensueño o el sabor de un buen café con el logo del burrito de Juan Valdez, eran suficientes para mejorar esa denigrada imagen internacional del colombiano enarbolada por Hollywood con películas sobre sicarios, violencia y drogas. Películas que a veces son tristemente aplaudidas por algunos colombianos.

Colombia parecía condenada. Nada, ni los cientos de misioneros exportados para servir al mundo, ni la beatificación del padre Mariano, primer colombiano en conseguirlo, ni los éxitos deportivos, ni la música folclórica o el ritmo de Juanes, Shakira y Carlos Vives, eran suficientes para redimir su historia. Parecía que la historia colombiana era perpetua, un eterno retorno, una sentencia definitiva que se repetiría una y otra vez sin poderlo remediar.

Hoy parece que es diferente. Parece que Colombia resurge de sus cenizas. Se habla de progreso y de modernidad. Se saca la bandera a los balcones, se exhiben imágenes de Santa Laura Montoya, se promocionan sus paisajes rurales y playas caribeñas, se exalta su democracia y se canta con orgullo el himno tras las medallas olímpicas, con Nairo Quintana en el Giro de Italia y la vuelta a España y hasta se celebra con un baile los goles de James, Falcao, Cuadrado o Bacca.

Y con este panorama en la mente, de repente, nos encontramos con un sorprendente: ¡No!  El pasado dos de octubre en la votación por el plebiscito sobre los acuerdos de paz firmados en La Habana, Cuba, el pueblo colombiano voto por el No. Desconcierto, sorpresa. ¿Cómo es posible que no se vote por la paz y “el fin de la guerra”?

Los que estaban indecisos entre el Sí y el No, tras ver los resultados definitivos, sintieron una mezcla de sentimientos. Las redes sociales y medios de comunicación, mostraban rostros de desolación y manos levantadas celebrando la victoria. Imágenes de Uribe y de Santos, palomas y armas, víctimas y asesinos, abrazos y balas. Sentimientos encontrados. Alegría y tristeza. Guerra y paz. Decepción, temor, impaciencia…y quizá incertidumbre.

Al margen de los sentimientos, el dato era muy claro: los colombianos, tras cuatro años de negociaciones con la guerrilla más antigua del continente americano, votaron por un No. Quizá no fue una votación tan rotunda, pues el margen de diferencia fue muy estrecho. Unos miles de Colombianos, de los casi cincuenta millones que somos, decidieron la suerte de estas negociaciones. Si la diferencia hubiese sido aplastante sería más fácil pronunciarse y podría pensarse que eran unos pocos rebeldes o locos desorientados los que no comprendían la situación.

Pero no. La votación dejaba claro que Colombia estaba dividida. Millones de colombianos querían un Sí y millones de colombianos querían un No. Y ante esta división, o mejor dicho, ante este equilibrio de opiniones, ¿qué pensar? Es fácil, a nivel sentimental, acusar a los del Sí de ingenuos, de ciegos, de no tener memoria, de no querer justicia auténtica y de no ver los peligros a largo plazo. También es fácil decir que los del No no quieren la paz, que ganó el rencor y el odio, que prefieren la guerra y las armas a una salida democrática. Sin embargo, juicios así, no son tan sencillos y son más bien fruto de una reacción momentánea que de un verdadero análisis.

Pero en realidad ¿qué muestra esta división? ¿Por qué en un tema tan vital para Colombia no hay unidad? Quien es colombiano y conoce su historia, quien ha sufrido su fama y crecido con el temor y el dolor de una guerra inhumana, comprende perfectamente que no era un voto fácil. Más de doscientos mil muertos, siete millones de desplazados por la violencia y aproximadamente sesenta mil desaparecidos, son el balance de este conflicto que ha azotado al pueblo colombiano. Sin olvidar, por supuesto, las extorsiones, los maltratos, los secuestros, las violaciones, las mentiras, las traiciones y el “genocidio” camuflado que se esconde tras el cáncer mortal de las drogas exportadas a países consumidores.

No era un voto fácil: ilusión y temor, coraje y dudas, sonrisas y lágrimas.

Siendo sensatos con los del Sí, sabemos que quieren ardientemente la paz. Sabemos que su dolor es real, que miran a las víctimas a los ojos y se conmueven, que no quieren que ningún otro colombiano repita su triste historia. Sueñan con la paz y ven en estos diálogos una esperanza, una luz al final de túnel, una solución real por la cual están dispuestos a ofrecer algunas concesiones en aras al bien mayor de la paz. ¿Acaso No es noble y sincera esta actitud?

De igual manera, siendo sensatos con quienes votaron por el No, sabemos que ellos también quieren ardientemente la paz. Quieren la paz pero no de esta manera, no a este precio. Ellos también miran los ojos de las víctimas y se conmueven con su dolor y por eso mismo prefieren esperar, analizar y buscar una justicia ejemplar. Intentan ver a largo plazo, proteger la democracia, evitar peligros reales que comprometan la estabilidad del país. No votan por odio o rencor, votan porque creen que se puede conseguir la paz en un proceso más maduro y que Colombia se merece una verdadera reconciliación y justicia que no comprometa al país. ¿ Acaso no es noble y sincera esta actitud?

Algunos titulares de noticias afirmaban que Colombia había perdido una gran oportunidad para lograr la paz. También se afirmaba que no era un pueblo maduro para solucionar democráticamente un conflicto y que prefería seguir en guerra por el odio y el rencor. Otros titulares, por el contrario, declaraban que Colombia mostraba su sensatez e inteligencia con el No ante un paso tan importante como legalizar una narco-guerrilla asesina y cruel concediéndole privilegios políticos y económicos desmesurados y quizá poniendo en peligro la justicia y la estabilidad del país.

Lo cierto es que a nivel interno hay una gran aceptación de los tres puntos del acuerdo final firmado que proponen una reforma agraria, el cese al fuego bilateral con desarme de los terroristas y la lucha conjunta contra el narcotráfico. Pero muchos colombianos no aceptan la participación política asegurada de los guerrilleros ni la creación de tribunales provisionales para el tema de los múltiples e inhumanos crímenes cometidos durante la guerra. Sólo el hecho de pensar en la posibilidad remota de que “Timochenco”, el “jefe militar” de las Farc podría ponerse al mando de un país produce escalofríos a algunos. El paso guerrillero de las armas a la política, de las drogas a la posibilidad del poder, de la selva oculta a la libertad pública en tan sólo unos meses, genera desconfianza en muchos colombianos.

Ante este dilema surgen algunas preguntas interesantes: ¿No es lícito firmar la paz como un bien mayor, incluso haciendo algunas concesiones, para evitar muertes y violencia? ¿No es lícito seguir tu conciencia buscando una justicia y un mayor bien objetivo para el futuro de Colombia aunque tengas que aplazar con tristeza un acuerdo? ¿No es lícito oponerse a peligros reales que quizá algunos no ven y buscar más claridad y una seguridad que Colombia se merece después de tanto sacrificio humano? ¿No debe buscar Colombia una paz estable y duradera y una unidad considerable a la hora de firmar algo tan trascendente para su historia?  Y por último: ¿debes firmar algo de lo que no estás seguro si tu conciencia te dice que no o que debes esperar? Son preguntas que invitan a reflexionar y a dejar de apuntarnos con el índice para superar la esfera sentimental a la hora de tomar decisiones.

¿Entonces no hay culpables? ¿Quién tiene la razón? No es fácil decirlo, pero sí se puede sacar una clara conclusión: en el corazón de todo colombiano de verdad, (de esos que se dignan a votar y no solo critican) hay un deseo ardiente de buscar la paz. Un deseo y una lucha que unió la mano y el corazón a la hora de marcar la casilla del Sí o del No el pasado dos de octubre. Una lucha noble en medio de un contraste, de sonrisas y lágrimas que tendrán su recompensa en su debido momento.

Pero entonces, ¿qué quiere decir este equilibrio de opiniones?   No quiere decir que Colombia tiene dos rostros, sino que cada decisión, sea el Sí como el No, es un ojo que forma parte del rostro de una Colombia madura que intenta mirar la verdad. Esta votación muestra que Colombia por una parte quiere la paz y la persigue con decisión y por otra parte analiza, cuestiona, busca otras vías, busca seguridades. Quiere decir que en Colombia la opinión pública está ganando peso y los colombianos, sin dejar de buscar la paz, revisan su historia y miran con interés y dolor lo que sucede más allá de sus fronteras con pueblos hermanos como Venezuela. Pueblos llenos de vigor y recursos, de calidad humana y espiritual que se encuentran sumidos en el caos  y que iniciaron su declive por decisiones políticas y sociales incorrectas fruto de la manipulación y la demagogia.

Esta votación muestra que la paz es un proceso, una senda difícil y no sólo un momento. Que la paz se va gestando, se va abriendo paso, parece que avanza y retrocede pero continúa su marcha.  La diversidad de opiniones muestra que Colombia valora su democracia, que resiste a la presión social de ideologías socialistas y comunistas, que tiene gente con corazón grande y con la inteligencia activa para dar pasos seguros y conseguir una paz estable y duradera que realmente sane las heridas y nos abra nuevos horizontes.

¿El camino a seguir? Quizá seguir sea el camino. Pero, ¿hasta cuándo? Ya estamos en camino, los grandes logros requieren paciencia. Se necesita coraje pero también prudencia y discernimiento, corazón e inteligencia. Pero sobre todo, fe y esperanza.

Los grandes edificios se construyen ladrillo a ladrillo y los mosaicos se componen de múltiples teselas. Estamos en camino, lo estuvimos desde las primeras balas que hirieron a un colombiano y lo estaremos hasta que se firme el último acuerdo. Pero en este camino, antes de etiquetar juzgar al otro como rival, debemos descubrir en sus ojos el deseo que todos compartimos y por el cual vibramos: la paz. Antes de hacer un juicio sobre el que piensa diferente, es posible que necesitemos un abrazo.

Quizá el cóndor de nuestro escudo y la paloma de la paz, necesitaban sus dos alas, la del Sí y la del No, para remontar el vuelo y cruzar ese umbral de paz que tanto anhelamos los colombianos.

¿Lo conseguiremos? ¡Claro que sí! No se trata de un entusiasmo infantil e inocente, pues el camino es largo y empinado. Después de esto no podemos idealizar a Colombia y olvidar las otras batallas (ELN, Bacrim, delincuencia civil…) que tendremos juntos que librar. Sin embargo, sin ser apocalípticos pero con la osadía de un profeta podemos decir que las FARC tienen sus días contados, sea por la vía de la fuerza o por una justa vía democrática votada por el pueblo.

Estamos en camino y quizá, cansados de tanta información, de tantas dudas y de tanto pensar, nos haga falta detenernos para mirar al cielo y pedir luz.  Como dice la canción: “yo ya sembré, ahora a Ti, Oh Dios, te toca hacer llover”.

Puede ser que con Dios en medio de nuestras decisiones y acompañando nuestra lucha con una humilde oración obtengamos mejores resultados.  Una oración por una Colombia libre y justa que pueda entonar con orgullo y alegría al conseguir la paz, estas enigmáticas letras de nuestro himno nacional:

Cesó la horrible noche

la libertad sublime

derrama las auroras

de su invencible luz.

La humanidad entera

que entre cadenas gime,

comprende  las palabras

del que murió en la cruz.

¡OH  GLORIA INMARCESIBLE!

¡OH JÚBILO INMORTAL!

EN SURCO DE DOLORES

¡EL BIEN GERMINA YA!

 

 

Crédito de foto: Haceme un 14

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