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Carta abierta a los “casi” diáconos: “Tu último día como hermano”

¡Venga Tu Reino!

Querido hermano:

Mañana te empiezo a llamar “Padre”. ¡Ni tú te la crees! ¡Padre! ¿Qué tienes tú que no tenga yo? ¿Qué tiene de distinta mi alma de la tuya? Ahora no mucho. Pero mañana serás desterrado para siempre de la tierra del común de los mortales. Serás separado, y dedicado en cuerpo y alma al culto y al servicio.

A partir de mañana, formarás parte de esos hombres extraños que están dedicados de arriba a abajo al Señor. Debes ser muy fuerte, hermano. Pronto recibirás neonatos y neófitos, enterraras muertos, enjugarás lágrimas y tocarás almas ajenas. Abrirás puertas de bóvedas oscuras y profundas. Serás odiado y amado por muchos. Piedra de escándalo. No por tus cualidades o defectos, sino por lo que llevarás entre manos temblorosas y de barro a partir de mañana.

Sí, hermano. Tú. El mismo que no llega a oficios y que llora a veces sin lágrimas en su oración porque quiere ser y no es. El mismo que se rompe y se le corta la voz cuando pierde a un ser querido o ve partir a un amigo. El mismo que tal vez hubiera sido feliz criando chiquillos y jugando con ellos en un parque, mientras su esposa prepararía el almuerzo. El mismo que todavía a estas alturas del partido le siguen haciendo ojitos tentaciones que según tú eran casi retóricas.

En el fondo, hermano, tu y yo somos iguales. Vivimos lo mismo, antes y después. La vida es igual para todos los que somos de carne y hueso. Según yo, si has vivido una vida casi casi las has vivido todas. Así que tranquilo, y no exageres. No te sorprendas si te siguen moviendo el tapete las creaturas. Dios no va a aniquilar tu cuerpo mañana durante tu ordenación diaconal. No te sorprendas, pues, si se te siguen yendo los ojos. Basta con que no se te vaya el corazón. Ser santo es difícil. Muy difícil. Incluso creo que para Dios basta sólo con que busquemos serlo de nuevo, todos los días. Tu cuerpo seguirá haciendo de las suyas, hermano. Seguirá allí, sólo que ya no te va a pertenecer. También él va a ser ofrecido, y transformado para el culto y el servicio a tus hermanos.

Dios te quiere como eres, brother. No te claves con querer cambiar. Tal vez cuando entendamos eso, empezaremos a cambiar de verdad.

Ya no escribirás H. antes de tu nombre. Hoy es tu último día de hermano. Ya no harás lectura espiritual, porque estarás ocupado orando con y por tu amada esposa, la Iglesia. ¡Reza mucho, Padre! Y cuando no traigas ganas, deja que Cristo rece por ti.

Hermano: hemos compartido años de clases, quietes, viajes, primerísimas, primeras y segundas. Desahogos, presencias, ausencias y escapadas. Pedimos juntos permisos, y a veces uno que otro perdón. Somos hermanos, cómplices. Mañana no dejarás de ser hermano, y lo sabes bien. Pero mañana ya no te lo diré muy seguido. Si me equivoco, tenme paciencia. Mañana serás Padre. Y cuando seas Padre, comerás huevo.

Ya… Me confesé. En unos meses me absuelves.

Tu hermano e hijo en Jesús, María y la Legión,

JGLC

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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