por Javier Rubio

Se trata del tópico horaciano más famoso. Y probablemente el más malinterpretado. “Carpe Diem” no es una invitación a abandonar las preocupaciones y a arrojarse al disfrute insensato de unos minutos de placer mientras tengas la oportunidad. Se trata de un imperativo –no un consejo- a no dejar que la vida se nos escurra de las manos. La enseñanza es esta: frénate, tranquilízate, encuentra el buen sabor de cada instante. No dejes que nada enturbie la paz en tu corazón.

Dicho así cambia la historia. Parece un dogma zen, una tesis de sabiduría budista. El cristianismo consiste en una lucha contra el pecado, un cargar con la cruz de cada una de nuestras vidas y acompañar a Cristo en su plan redentor. Y es cierto. Lo que no está tan claro es que estos dos estilos de vida estén tan separados como pueda parecer a simple vista. La Cuaresma puede ser un tiempo privilegiado para descubrir esta armonía.

Reflexionando sobre el sentido del sacrificio cuaresmal llegué a la conclusión de que pueden darse dos extremos: el del cristiano con vocación de “héroe pagano” que decide asumir la disciplina cuaresmal como arma para conquistar el Paraíso por sus propios medios; o el del cristiano que apuesta por el falso “carpe diem”, el del disfrute, el del abandono de cualquier esfuerzo ascético por no verle ningún sentido: ¿por qué es un bien hacernos un mal? El primero peca de maniqueísmo, soberbia y de una cierta dosis de ateísmo; el segundo de sensualidad.

El Carpe Diem cristiano-cuaresmal nos enseña a redescubrir la belleza moral de una vida de virtud; a detenernos un momento a disfrutar de la vista que tenemos en frente; del color de un paisaje, de una calle, de una ciudad iluminada por la noche; del sabor de lo que estás masticando en este instante; de la amistad y del amor de tus amigos y familia; de la Presencia de Dios cuando entras en una iglesia. Nos enseña, a fin de cuentas, a redescubrir el sentido y el valor de la vida en el momento presente: a contemplar, a aprender a maravillarnos.

Pero para poder hacerlo necesitamos tener los sentidos muy despiertos. Atentos. No sólo la vista, el gusto, el tacto, el olfato. También los sentidos interiores: la memoria, la percepción de la belleza, la capacidad de valorar el bien, el sentido estético y moral, el sentido religioso de encontrarnos con nuestro Creador. El problema es que el pecado provoca el abuso, la sobreexcitación de estos mismos sentidos y los hace inútiles, los embota, los nubla.

En este sentido me llama la atención la iniciativa llevada a cabo por el famoso bloguero alemán Arien, con su campaña “No Fap 2” o “No Fap February”. Una invitación a todos aquellos que han caído en el mal hábito de la masturbación a abstenerse durante todo el mes de febrero. En su página llevaba una especie de diario de su experimento. Hasta que el experimento dejó de serlo y se convirtió en algo más. Hacia el final del mes, después de mucho esfuerzo, se dio cuenta de que había redescubierto muchos valores en su vida que había perdido. Asimismo descubrió que, una vez perdido el hábito (en los últimos días de febrero), se sentía con más energía “positiva”, más capaz de “mirar a la cara a sus amigas”, más motivado a emprender proyectos. Su experimento cuasi-cuaresmal lo había llevado a volver a despertar a la vida.

Me vienen a la mente otros muchos ejemplos: el de los libros de Michael Ende “Momo” (excelente relato sobre el valor del tiempo y la vida) y “La Historia Interminable”, el de la célebre canción “Father and Son”, de Cat Stevens, los innumerables artículos y libros en los que G. K. Chesterton predicaba el valor fundamental de la capacidad de “maravillarse”… Pero me quedo con el capítulo del Principito y el farolero del libro “El Principito” de A. de Saint-Exupéry, en el que el protagonista se encuentra con el hombre con más puestas de sol en todo el universo. Pero, en vez de dedicarse a contemplar el privilegio su belleza, se dedica constantemente a encender y a apagar el farol que alumbra las cortísimas noches de su planeta. Detrás del absurdo –el farolero es el único habitante de su planeta- se encuentra un sedimento de tristeza que el Principito no puede dejar de expresar. Ciertamente aquel hombre cumplía su deber, hacía algo productivo con su tiempo. Pero había dejado que su vida -como nuestras vidas- se convirtiera poco a poco en el conjunto de actividades que forman una jornada. Un día igual a la suma de las cosas que hacemos, y nada más. La vida que ha dejado de ser una aventura, un redescubrir cada día la belleza de un amanecer y de una puesta de sol, es una vida que necesita ser rescatada. Una vida en busca de sentido.

Y quizá la Cuaresma sea un buen tiempo para eso: para reencontrar la paz. Para “limpiar” nuestros sentidos. Para acercarnos a las personas amadas. Para pedir perdón. Para detenernos cinco minutos al día para contemplar con fascinación tantos regalos que Dios nos ha dado.

Previous post
An Existencial Question in Cyberspace
Next post
Son of Bronze

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

Carpe Diem