Aprendiendo “para dummies”

“Acercándose unos fariseos, le preguntaban para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?». Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Contestaron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio». Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él». Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos.” (Mc 10,2-16 / XXVII Domingo Ordinario B)

 

 

Hace un par de días fui a jugar golf con mi hermano. La verdad es que no jugamos golf: sólo le pegamos a las pelotas… pequeña diferencia. Creo que yo había hecho algo semejante dos o tres veces en mi vida, pero hace más de 15 años. Como se imaginarán, yo no sé jugar golf: me tocó aprender. Le dije a mi hermano que me enseñara a pegarle a la pelota. Me dio un par de tips; le hice caso y en un par de minutos ya estaba haciendo drives de +150m: novato total, pero aprendiendo…

Eso me recordó otras veces en las que yo le he tenido que enseñar algo a alguien más. Hay todo tipo de alumnos. Están los que escuchan, siguen las indicaciones y aprenden. También está el que parece que nació sabiendo, pero es humilde y no se le sube a la cabeza. Y no nos podría faltar el que cree que ya sabe todo, pero anda más perdido que un pingüino en el Sahara. Con esos, hasta da gusto dejarlos hacer lo que ellos quieran y sentarse a ver. Es difícil resistir la tentación de disfrutar de ver cómo fallan una y otra vez: sólo por no reconocer que no saben.

Algo así se ha de sentir Jesús con nosotros, a veces. Nos dice una y otra vez cómo hacer las cosas. Nos enseña el camino. Se ofrece para recorrerlo a nuestro lado. Y nosotros seguimos clavados en nuestra testarudez… Allí vamos, queriendo enseñarle a Dios cómo se hacen las cosas. Con razón vivimos amargados, frustrados, deprimidos, insatisfechos.

La vida en mucho más sencilla cuando somos humildes, como los niños. Ellos saben que no saben y te ven y te escuchan para aprender. No tienen miedo en reconocerlo. Por eso, aprenden mejor y más rápido que los adultos. Quizá alguno quisiera hacer reír al Señor mientras nos ve fallar tanto y por eso se obstina en no hacerle caso. Pero si tu intención es alegrarle el día al Dios, mejor crezcamos en sencillez y humildad. Seamos más como niños, porque “de los que son como ellos es el reino de los cielos“. Si seguimos este camino, pronto seremos los Tiger Woods de la vida espiritual.

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