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Apología de la «cotidianidad»

La fase más complicada de una relación no es la inicial. Está claro. El tiempo del enamoramiento resulta para todos fascinante: ilusiones, sueños, novedades… ¡Qué maravilla! Mas con el pasar de las hojas del calendario, aparecen un personaje peculiar. Comúnmente se le considera “gran enemigo”, “antónimo de la felicidad”, “destructor de relaciones”: cotidianidad. La sola palabra hace algunos hasta temblar y recordar aquella frase clásica: «si pierdes el amor inicial, todo estará perdido». Los motivos y argumentos a favor son más que evidentes. Sin embargo, quizás una parte importante se deja de lado. ¿La más importante? Probablemente. Se olvida que el amor inicial, que custodiamos a capa y espada, debe crecer y madurar en la cotidianidad.  La vivencia del día a día es la base de la profundidad de una relación y el modo de vivirla es un elemento clave para la felicidad y plenitud en una relación.

La cotidianidad es lo más concreto y práctico que tenemos: nuestro ahora. El hoy del ser-estar-obrar. Lo que destruye una relación no es el pasar del tiempo. Afirmación que destinaría todas las relaciones al fracaso. Lo importante es el modo de vivir lo cotidiano. Visto en positivo, el día a día ayuda a crear la identidad de una relación. Crear el «nosotros». Pequeñas cosas vividas juntos crean un historia común. Prácticas cotidianas que llenan la vida de significado, con tanta sencillez. Es curioso como la respuesta “tipo” a la pregunta: «¿qué momento has disfrutado más en tu relación?» sea un elenco de ocasiones especiales. Convendría cambiar la pregunta de enfoque: «¿qué les ha mantenido unidos hasta el día de hoy?». Dudo que la respuesta esté bajo la misma categoría de la anterior. Sería: el amor del día a día, la confianza y la fidelidad, el hablar y luchar juntos: elementos todos impregnados de santa cotidianidad. Es decir, amor vivido, gratitud por haber sido – y haber – encontrado, relación madura que crece, que llena la vida de sentido y gozo.

La cotidianidad, así vivida, no es antónimo de felicidad. Vaya que no. El individualismo, sí: ese fenómeno de un «yo» que supera el «nosotros». No es la monotonía lo que deteriora una relación; es el encerrarse en sí mismo, la falta de comunicación, el olvido, la falta de compromiso, de cuidado, las respuestas erróneas al conflicto, las disposiciones negativas: síntomas todos del cáncer del individualismo, enfermedad común de las relaciones. Me pregunto ahora: «¿La culpa la tendrá una vez más la continua sucesión día-día ?» No, por supuesto que no. El día a día me permite vivir para el otro, disfrutar de su presencia, amar hoy. El problema y el enemigo verdadero es el individualismo. La fase más complicada de una relación, aquella que sigue a la inicial, se vive en positivo y es la más hermosa: me reconozco amado y amo, caminamos día a día, con gozo y gratitud. Santa cotidianidad.

Legionario de Cristo por Misericordia de Dios, que anhela para todos el don de abrir el corazón a Cristo, plenitud de la vida.

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