El amor libre, a 50 años del 68

Decimos que el amor tiene que ser libre, y es verdad. Pero, ¿qué es la libertad?

Pongamos el ejemplo de la música.

Libre no es el niño que aporrea las teclas del piano, llevado por la espontaneidad salvaje de quien jamás ha escuchado una escala. La libertad pasa por someterse a unas reglas, a una técnica, y florece y se hace perfecta y da frutos de creatividad y de novedad cuando la persona ha interiorizado esas reglas, esa técnica, y es capaz de trascenderla, no sirviéndola mecánicamente – ejecutando rígidamente unos pasos aprendidos- sino jugando, creando, poniendo esas reglas a su servicio. Entonces caen los andamios, y florece el arte. Pero esta libertad es la del que está por encima de las reglas, no por debajo.

Naturalmente, todo esto implica que el hombre no crea la música, sino que la descubre. Es decir, el hombre crea melodías en un universo musical que le precede, que descubre y en el que aprende a jugar.  El hombre puede gozarse en explorar el mundo precisamente porque éste está cargado de sorpresas para él, porque le sorprende la novedad y la belleza en cada esquina, detrás de cada horizonte.

 Y por eso, la música puede sorprenderle, llenarle, embargarle de emoción hasta las lágrimas, hasta el “ya basta, Señor, ya basta” de San Francisco Xavier: porque la música es más grande que él, porque le excede, le desborda y le colma; cosa que no sería posible si fuera una creación exclusivamente suya. Y por eso dice Dios en el Evangelio, cuando invita a aquellos hombres al Paraíso, aquello de “entra en el gozo de tu Señor”, y no dice, en cambio, “que el gozo de tu Señor entre en ti”.

Claro que esto implica, en el fondo, reconocer que el hombre es una creatura. Es una inteligencia y un afecto que se despiertan en un mundo de verdades, bienes y belleza que tiene sus propias leyes, leyes que él descubre, pero que no ha creado. Y puede elegir entre aceptar esas leyes- y adorar su belleza y el brillo del autor que descubre en ellas, para contribuir creativamente con sus propias melodías- o puede rechazarlas, en la ilusión de una falsa autonomía, con un “non serviam”, “no serviré”, y llenar así de disonancias el universo.

Y con el amor, es lo mismo.

Esto es: también en el amor existen unas determinadas “notas”, y no cualquier manera de golpear el piano produce necesariamente belleza. Por más sincera y entusiasta que sea tu intención, no cualquier combinación de notas produce una armonía. Tu deseo de crear música (de expresar amor) no significa necesariamente que sepas cómo hacerlo.

Naturalmente, si quieres aporrear el piano, eres muy “libre” de hacerlo, en cierto sentido. Es una libertad real, y que debe ser respetada. Pero si quieres ser libre en un sentido más profundo y más completo de la palabra, si quieres crecer en esa libertad, si quieres ampliar y enriquecer las posibilidades de esa libertad…buscarás un maestro que te enseñe, que eduque tu gusto musical, que te ayude a dar a luz todas las posibilidades maravillosas que se ocultan en tu interior.

Y esto no aplica sólo para cantar o tocar un instrumento, sino incluso para disfrutarla, para juzgar, para distinguir una obra de arte (o de amor) de una vil caricatura. Y aquí un paréntesis en primera persona: personalmente tengo el sentido musical de una almeja poco espabilada. Me gusta mucho escuchar música, como a todo el mundo, y la disfruto, pero cuando escucho a alguien cantando o tocando en vivo, noto que a menudo doy por buenas ejecuciones que luego mis amigos –más cultivados musicalmente que yo- critican duramente, identificando errores y disonancias en distintos puntos. Porque una menor habilidad musical conlleva un juicio y un gusto más aproximado, más “de brocha gorda”. Del mismo modo,  Pepe (que no ha sido educado en lo que es el verdadero amor) tendrá dificultad en ver “qué problema hay” con tantas manifestaciones imperfectas de amor, donde Juan, en cambio  (que sí ha desarrollado ese “sentido”), captará al instante que algo desafina. Si Pepe le pide a su amigo que le “demuestre” que esto o aquello está mal, a éste le será tan difícil como “demostrar” que la novena sinfonía de Beethoven es una obra de arte, muy superior al reggaeton al que Pepe se ha aficionado. O lo ves o no lo ves: no hay posibilidad de demostración, es una cuestión de sensibilidad. La única “prueba”, por así decir, es experiencial: quien avanza por ese camino, experimenta que su corazón se ensancha, que su alegría es más cristalina, más desbordante, que sus posibilidades como hombre se han ampliado, que es más creativo y radiante. Quien llega allí, no necesita largas explicaciones ni pruebas, ni le cabe la menor duda de que está en lo cierto. Y si al final del camino no encontraras esos síntomas, querría decir que has avanzado por la vía muerta del moralismo, y no del amor y de la belleza, que en algún momento perdiste el rastro…

A la luz de todo esto, podemos concluir: sí, el amor debe ser libre. Nadie puede amar por ti, ni elegir por ti la forma de hacerlo. Pero hazte un favor: libera tu libertad. Despliega todas sus posibilidades. No la reduzcas al capricho aleatorio del niño que rasca una guitarra sin saber ni qué es un acorde, y que se cree muy cool con eso de “we don’t need no education…”. Busca maestros, busca caminos, iníciate en el arte: el arte de vivir, de ser hombre, de amar. La propuesta cristiana no es una amenaza para tu libertad: es una oferta y una oportunidad. Una oferta de una libertad mayor, de una libertad liberada: una oportunidad de un amor más grande y rico. Y de todo eso va la teología del cuerpo de Juan Pablo II.

 

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