¿Es posible amar para siempre?

En “The entire story of you”, Black Mirror nos presenta la historia de Liam, un joven e inseguro abogado que empieza a sospechar a sentir celos de la relación de su mujer con otro hombre. A medida que la historia avanza, sus celos se vuelven más paranoicos, y, desgraciadamente, los hechos acaban confirmando sus peores sospechas. Como en la mayoría de las historias de esta serie, el tema recurrente es en teoría la tecnología (en este caso, un dispositivo que te permite re-visualizar tus recuerdos), pero la atención se dirige en realidad a las profundidades del corazón del hombre, a sus rincones oscuros y contradicciones. Y uno de los temas que se plantean sutilmente es si se puede amar sólo a una sola persona, para siempre. Uno de los personajes del episodio afirma ser un “monógamo en serie”, y, mientras se mete en la boca un puñado de patatas, asegura estar siendo totalmente fiel a sus chips en ese momento.

Me acordaba de este episodio a raíz de una entrevista concedida Scarlett Johansson, en la que la actriz afirmaba que el matrimonio no es natural, y que seguramente va contra algún instinto:

“La idea del matrimonio es muy romántica, es una idea muy bonita, y su práctica puede ser una cosa muy bella. Pero no creo que sea natural ser una persona monógama. Puede que me critiquen por esto, pero creo que es mucho trabajo (…) El hecho de que sea tanto trabajo para todo el mundo, eso prueba que no es una cosa natural. Tengo mucho respeto por el matrimonio y he participado en él, pero definitivamente creo que va en contra de algún instinto”

Quizás a eso se refería Ismael Serrano con aquello de que “El amor es eterno mientras dura”, en una de sus canciones bohemias de poetas canallas y extrañas parejas. Parecido suena lo de una canción de “The Naked and famous”, cuando afirman aquello de “Love….no feeling last forever”.  Y, cuando Tristan vuelve a casa, en “Legends of the fall”, y encuentra a Susannah casada con su hermano pese a sus promesas de esperarle, la chica la responde simplemente: “Forever turned out to be too long”.

¿Entonces? ¿tiene razón Liam en molestarse porque su mujer se acueste con otro? ¿O su deseo de ser amado de forma exclusiva es un prejuicio anticuado fruto de su educación patriarcal-capitalista? Dicho de otro modo: ¿es posible amar para siempre? Si haces una encuesta por la calle, seguramente la mayoría de la sociedad occidental te responderá que no. Sin embargo, el mismo hecho de que te preocupe la pregunta te dice algo sobre tu interior, te dice algo sobre ese corazón, que no se cree capaz, y que, sin embargo, querría amar y ser amado para siempre.

Para responder, empecemos por preguntarnos: ¿por qué necesitamos amar? ¿Por qué experimentamos el amor como algo tan fascinante? Y entonces, ¿por qué se apaga? El tema daría mucho de sí, pero nos tendremos que contentar con un par de pinceladas/sugerencias.

Nuestra cultura oscila entre el romanticismo hollywoodiano y el materialismo más grosero. Si les preguntas a ellos sobre el amor, el segundo te responderá que lo que llamas amor no es sino un fenómeno psicológico pasajero, producto de una alteración neuroquímica en tu organismo, que en última instancia deriva de una estrategia de tus genes para asegurar la supervivencia de la especie. Si le preguntas por qué el hombre tiende a multiplicar las relaciones, te dirá que a los genes les conviene que tengamos muchos hijos. Si le preguntas por qué querrías amar y ser amado por una sola persona, (¿por qué Liam tiene celos de que su mujer se acueste con otro?), se encogerá de hombros y te dirá que a los genes les conviene la monogamia para que el macho y la hembra cuiden a la prole. En ambos casos, se trata de mecanismos biológicos subpersonales de los que deberíamos poder librarnos a voluntad (chamuscando algún circuito neuronal, tomando una pastillita…). Cuando lo logremos, habremos inventado los preservativos para el corazón: seremos libres. ¡Un brindis por la Ciencia!

¿Qué nos dirá el romanticismo hollywoodiense? Te responderá con el mito de la media naranja y el príncipe azul, que preparan juntos una barbacoa de perdices para vivir felices forever after, mientras suena de fondo la banda sonora de “Titanic”. Te dirá que estás esperando a que llegue ese “someone in the crowd”, como dice La la land, esa persona que te salvará, como sugiere ese himno de Oasis que es Wonderwall (“ ‘coz maybe….you’re gonna be the one that saves me….”), que será la solución definitiva al problema que es tu vida. Por eso Jason Silva llega a decir que el amor es un problema religioso, y que, muerto Dios, buscamos, sin darnos cuenta, la salvación en la persona amada: esperamos obtener en ella y con ella plenitud, trascendencia, inmortalidad…

Naturalmente, la respuesta romántica es insuficiente, pero contiene mucha más verdad que la anterior. Más verdad, en primer lugar, porque es verdad que el hombre no está hecho para la soledad…como descubrió, un poco tarde, el protagonista de “Into the Wild”, cuando subrayó, en los estertores de la muerte, aquello de “Hapiness only real when shared”. Un genio, un poeta, un compositor, un artista…. creando en soledad, agonizaría de tristeza y se apagaría poco a poco, sólo por el hecho de no tener con quién irradiar su luz, de no tener con quién compartir tanta belleza. Oí de un experimento en el que alimentaban a unos bebés desde que nacían, pero nadie les hablaba nunca ni interactuaba con ellos. En todos los casos, inevitablemente, inexplicablemente, los bebés morían. No, el hombre no está hecho para la soledad. Estamos hechos para ser don para los demás, para ser significativos para alguien: estamos hechos para amar.

Y, para ello, necesitamos ser amados primero, de modo exclusivo, incondicional. Decía San Agustín que ha conocido a muchos que quieran mentir, pero a ninguno que quiera ser mentido. Igualmente, podríamos decir que muchas personas no están dispuestas a amar para siempre, pero que todo el mundo querría ser amado para siempre, ser afirmado de forma incondicional. Y lo contrario de esto es ser reemplazable. Ser reemplazable quiere decir que has sido sólo un objeto de consumo, un portador de una serie de cualidades y servicios que han sido disfrutados, y que no tienes valor más allá de ellos. (Como la novia de Tom Cruise en Vanilla Sky, que descubre que su príncipe azul la considera sólo su “sex buddy” y que ya se ha cansado de ella, y muchas gracias por participar). Puedes ser descartado. No eres amado en el misterio más profundo de tu persona, por lo que eres, sino por lo que tienes. Y “tener” no es sólo dinero: puede ser tu belleza, atractivo, simpatía, éxito profesional, rendimiento sexual, relaciones. Por lo tanto, más vale que estés a la altura del show, de las expectativas, porque el que se mueva no sale en la foto.

La respuesta romántica contiene más verdad, además, porque es verdad que el hombre busca el Infinito. Ese es su problema, su único problema. Y lo busca por todas partes, como un viejo amigo que ha perdido y que no encuentra. Lo echa de menos como un brazo que debiera tener. Lo adivina en el silencio de las noches estrelladas. Lo intuye en todas las alegrías finitas que encuentra, como una luz tras todos los colores, como un no-sé-qué que se le escapa. Lo busca en el arte (“yo persigo una Forma que no encuentra mi estilo”, decía un poeta…). Lo busca en la droga que, como apuntaba el Papa Benedicto, no es sino una respuesta falsa a esa verdadera necesidad de Infinito.  Y lo busca, naturalmente, en las relaciones. Porque las relaciones humanas, y entre ellas, en primerísimo lugar, el amor totalizante entre un hombre y una mujer, son seguramente de las experiencias más ricas que puede hacer un ser humano sobre la Tierra. Porque en las relaciones, no tenemos al hombre usando algo inferior a él para satisfacer una necesidad, sino que se da el encuentro de dos libertadas humanas iguales que se entregan mutuamente, y que encuentran su felicidad en ese encuentro…

El problema, sin embargo, es que el otro siempre será insuficiente, será siempre una promesa incumplida, que no podrá sino defraudar las esperanzas nacidas en la idealización del enamoramiento. Especialmente, si el “chute” de emociones que conlleva no conduce a escapar del campo gravitatorio del amor propio para entregarse de verdad al otro. Si no se logra ir más allá del egoísmo mutuo negociado y compartido. Pero aun en el mejor de los casos, aun en la pareja más “ideal” y generosa, el otro no deja de ser una libertad humana finita, que es, necesariamente, más pregunta que respuesta, más carencia que plenitud…que no podrá darme todo lo que necesito ni comprender y valorar totalmente todo lo que le doy y soy. Resultado: amores que duran sólo lo que dura esa champagne supernova que es el enamoramiento.

Por eso, el cristiano sabe que, en el matrimonio, la otra persona no es tu meta, sino tu compañera privilegiada en el camino hacia la meta. No le pides un infinito que no te puede dar, ni te frustras y decepcionas porque no te lo dé, huyendo en brazos de otra persona, repitiendo el mismo ciclo sin fin de ilusiones y decepciones, corriendo y corriendo en la misma rueda de hámster, en un eterno retorno de lo siempre insuficiente

¿Decir esto no nos lleva a deprimirnos y a minusvalorar el amor humano? ¡No!  Es verdad que todas las realidades de la vida, aun las más preciosas, pueden convertirse en ídolos, si las elevamos a realidad última, si les pedimos un Infinito que no pueden darnos. Pero también es verdad que, si les prestamos atención, todas nos dicen lo que le susurraban a San Agustín: “No somos el Dios que buscas. Él nos hizo”.  El cristiano cree que todas las cosas nos hablan de Dios y nos llevan a Cristo: “¡En Él consisten todas las cosas!” Todas las cosas, y, sobre todo, el amor total entre un hombre y una mujer, que es la metáfora favorita de Dios para explicar qué relación quiere tener con nosotros. Todas las cosas, y, sobre todo, el matrimonio, que nos dice que el hombre completo no es el hombre en soledad, sino el hombre-en-relación, a imagen de Dios, que es también Trinidad, amor, relación: “No God is an island either…”. San Pablo, cuando compara el matrimonio con la relación de Cristo con su Iglesia, no nos dice que el matrimonio es una realidad bonita entre otras muchas, sino que es verdaderamente una ventana a través de la cual entra la luz de Dios en el mundo, y una escalera por la que se puede subir: es un signo con una fuerza propia, un sacramento, por el que podemos llegar a amar al otro con el mismo amor incondicional con el que Dios lo ama. Por eso quizás dice Ratzinger que hay un vínculo misterioso entre la fe en el amor del Dios único y el afirmar el amor exclusivo y totalizante entre el hombre y la mujer, frente a la poligamia o el divorcio express.

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