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Al final del día

Uno de los momentos que más me gustan es din duda la bendición eucarística al final del día. Como legionarios, nuestro día empieza frente a la Eucaristía. Y ahí también acaba. ¿Podría ser de otra manera?

Comenzamos el día cansados, quizá todavía no terminamos de despertar, cuando ya nos presentamos ante Jesucristo. Y terminamos también cansados, quizá habiendo hecho muchas cosas, quizá no tantas, pero de nuevo, terminamos con Cristo.

Por eso me ayuda tanto ese momento de la bendición eucarística. Es ponerte delante de Dios y ofrecerle todo. Lo bueno que con su gracia pude hacer hoy, para que Él lo tome. Y lo menos bueno, para que también lo tome, y con su gracia lo transforme. A fin de cuentas, qué hicimos y qué dejamos de hacer, creo que no le importa tanto. A fin de cuentas, lo importante es que estamos aquí los dos. Al final del día, mirando atrás, ¿no estuvo Él ahí siempre? Al final del día, nada de lo que sucede escapa de su Providencia. Hay un Padre amoroso, que jamás nos olvida. No puede; es imposible que no piense en nosotros a cada instante. Y sabiendo esto, al final del día, todo lo demás parece tan secundario.

Al final del día… la bendición eucarística.

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