Agua: lluvia, río y mar, simbología cristiana

El paso entre el cielo y la tierra 

Por su ambigüedad, analizar el símbolo del agua nos es posible si imitamos conceptualmente la acción de Dios en la creación y separamos las aguas superiores (las del cielo) de las aguas inferiores (de la tierra) 

Aguas del cielo (shamayim) 

Las aguas que están sobre el firmamento se definen en hebreo con el término שָׁמַ֫יִם shamayim, “las aguas de allá”, que se distinguen de las aguas debajo del firmamento llamadas מָ֫יִם mayim. El agua que desciende del Cielo – la lluvia, el rocío, la nieve – es apta para saciar la sed y nutre los apreciados afluentes de los ríos – agua que corre, agua viva – los pozos que la concentran. En ellas, el hombre del desierto puede encontrar la hidratación necesaria para la vida y asentarse con bienestar a su alrededor. Es símbolo de la gracia de Dios, de la fertilidad que de ella proviene, de la prosperidad que se genera a su alrededor. Cristo mismo se presenta como el Agua Viva, abundante y corriente, capaz de saciar a plenitud la sed del hombre. La sed simboliza la crisis de las necesidades del hombre, el vacío interior, causa primordial de la murmuración interna sobre el sentido de la vida (Ex 17)Es notable el pasaje de la Samaritana donde paradójicamente Cristo busca saciar su sed en la sed del hombre, de la misma manera el salmo tan amado por los primeros cristianos que asemeja el alma a un ciervo sediento por corrientes de agua (Sal 42).  

De este modo, la lluvia une el Cielo con la Tierra, trayendo desde el trono de Dios lo necesario para la vida que colma las necesidades elementales de las bestias y del hombre sin tomar en cuenta su condición de méritos. En este contexto, se entiende la simbología de la lluvia y del rocío como palabras de Dios, capaces de penetrar hasta el fondo la tierra interna del hombre y hacer brotar de ella vida y frutos. Sin ésta, el hombre permanece árido, seco, estéril. Es el tema de la sequía de los tiempos del profeta Elías, donde Israel esperaba el agua de sus ídolos (Baal, es el dios de la lluvia y de la fertilidad) y permanecen los cielos cerrados hasta su conversión (1 8, 35). Los padres de la Iglesia veían en las lágrimas de los creyentes un signo de la purificación interior del corazón de piedra, concedido como un don de Dios que hace salir del agua desde el interior del hombre 

Imágenes: https://www.istantidibellezza.it/mosaici-absidali-a-roma.html

Aguas de la tierra (mayim) 

A pesar de lo anterior, el agua  en grandes cantidades (como en el mar) tiene principalmente una valencia de muerte para el Israelita. Del mar el Israelita no puede beber y saciar su sed, la inquietud y la mutabilidad de sus olas prefiguran el lugar que no puede habitar ni dominar, y que es capaz de quitarle la vida. El pueblo de Israel nunca se aventuró con éxito al dominio del mar, al que ve como una especie de precipicio que más que causarle admiración y ampliar su espíritu – como el caso de un cielo estrellado o un hermoso panorama – lo encogen y cierra lleno de temor. El simboliza el reino de la muerte, las aguas que buscan la perdición del hombre, el mal el cual supera la capacidad de control del hombre. Es también el caso de las inundaciones con las que Dios señala el fin del pecado y el inicio de la Vida Nueva. El paso por el mar Rojo y el paso por el Jordán simbolizan el cruzar el umbral de la muerte hacia la libertad de la vida en Dios.

Jesucristo decidió concentrar su ministerio sumergiéndose en el río Jordán, donde “dejaban” los pecados los convertidos por  Juan Bautista,  y recorriendo los poblados de los alrededores del mar de Galilea, simbolismo del dominio de la muerte en esa zona. Del mismo modo, Él es capaz de dominar con su Palabra el mar, lo que genera el estupor de sus discípulos, caminar sobre él, arrojar a él los espíritus inmundos. También en este contexto se entiende la fragilidad de la arena como cimiento de construcción; la cercanía con el mar hace que sea engañosa, como la mentira.  

El rito del Bautismo se entiende mucho mejor en esta dinámica de muerte. Desde el inicio del cristianismo se hacía por inmersión, por lo que el hombre es introducido en la muerte para salir a una vida nueva, pasando por la muerte permanece vivo, como símbolo de la resurrección en Cristo. Entrar en el agua es entrar en el elemento que quita la vida, en el reino de la muerte, para salir con Cristo victorioso. El cristiano es capaz de vivir en aquello que mata sin perder la vida, como símbolo de la vida eterna que Dios le concede. Esto se concretiza en la vida del creyente en la vivencia de la fidelidad, del sufrimiento y de las realidades adversas sin morir en ellas.  

Así, el río Jordán, la ballena y el profeta Jonás, el paso del Mar Rojo… son escenas simbólicas del paso seguro por la muerte hacia la Vida Eterna, sin perecer, como Cristo mismo, el Gran pez que pasa por el agua de la muerte y resucita para alimentar a los hombres con su vida. También el simbolismo de “pescadores de hombres” se entiende en el contexto de salvar a los mismos del reino de la muerte, por medio del bautismo, en la barca que logra sobrevivir a las aguas, la Iglesia, prefigurada en el “arca de Noé” y en el “arca de la Alianza”. A los hombres que habitaban a las orillas del mar mucho dice el caer del sol sobre las aguas, de la bajada de Cristo cada día a los infiernos, hasta lo más profundo de la tierra, para resucitar nuevamente, siempre victorioso, al alba.  

Por último, el Apocalipsis anuncia el fin del mar (Ap 21,1) y Ezequiel describe que las aguas de la tierra serán purificadas definitivamente (Ez 47) por un torrente que manará del Templo, simbolizando la acción de Dios y que los Padres de la Iglesia han relacionado con el costado abierto de Cristo del cual manó sangre y agua para la remisión de los pecados. Sus cinco llagas son los cincos pórticos de la nueva piscina de Betesda (la casa de la misericordia de Dios) donde se sanan los cojos, los paralíticos, y todos los enfermos del alma (Jn 5).    

Imágenes: CC BY-SA 3.0, by Bruce Allardice (flickr), http://innovacampus.ugr.es/relatosbiblicos/

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