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Agarra la honda

Por Miguel Esponda, LC

Bernini logra captar el segundo crucial: David en plena acción justo en el momento de arrojar la piedra al temible Goliat. No tenemos frente a nuestros ojos al David desafiante de Miguel Ángel, ni el David triunfante de Donatello. No. Tenemos a un David con el cuerpo en plena tensión y con el rostro contraído. En sus ojos centellea la esperanza, las miradas de ambos bandos están fijas en él.

Es un David en el momento más decisivo de la refriega. Es el trago duro de cada batalla en el que se balancea la victoria o la derrota. Es el instante en el que todo se decide: o se vencen los miedos o se da un paso atrás. Allí está David, apenas un muchacho que pisa por primera vez el campo de batalla, y Goliat, monstruoso guerrero que le duplica el tamaño nacido para la guerra. Parecería una locura, una empresa absurda,…imposible. Sin embargo, aquel muchacho israelita no se había olvidado en qué ejército luchaba.

El hombre de fe sabe que su fuerza le viene de la confianza que pone en Dios. Una confianza que es la honda que derriba a los peores enemigos, que es el arma más poderosa que se pueda tener, la misma que infundía aquél valor e impulso imparables a San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?” El David de Bernini –“el discóbolo cristiano”- es imagen del hombre que, confiando solo en Dios, se lanza, se arroja a lo que excede sus fuerzas, se atreve a lo imposible, pues sabe que “en todo salimos vencedores por Aquél que nos amó”. Es ser consciente de que se lucha con la fuerza de Otro.

El pueblo elegido había vuelto a olvidar las hazañas del Señor de los ejércitos, y se veían abatidos ante la fuerza –humana- del enemigo. David, en cambio había conocido al Dios fiel, rico en bondad y grande en el amor. Había experimentado en carne propia que “es dichoso el hombre que confía en el Señor (…) en todo tendrá éxito.” Fue lo que le hizo armarse de valor y de una honda y salir al encuentro de Goliat “en nombre del Señor”. Sería esa misma confianza la que haría de él el más grande rey de Israel coronado de conquistas y victorias. La misma que le haría –años después- levantarse y volverse a Dios en el dolor de su pecado implorando su infinita Misericordia. Y ese Dios no le fallaría tampoco esta vez, como nunca lo había hecho.

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