AGALLAS PARA ESPERAR

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Imagen de: Jeanette’s Ozpix

Ya decía el de la triste figura que “los deseos se alimentan de esperanzas”. Una esperanza robusta es capaz de suscitar los más nobles deseos y, especialmente, logra despertar las más heroicas valentías. La historia misma es testigo de este hecho: la mayor valentía se alimenta de la mayor esperanza.

La virtud cristiana por excelencia –la esperanza- crea en el alma un ambiente, un espacio para desplegar lo más alto del hombre, donde se dilata el amor, la generosidad, el sacrificio. Mientras del otro lado, los miedos, las inquietudes, la desesperación y desánimo, la desconfianza favorecen lo contrario: la cerrazón, el apocamiento, la ética minimalista.

El hombre ama siempre en un clima de esperanza. El hombre lucha siempre por una esperanza. No se puede nunca emprender una aventura llena de riesgos si no es mayor la esperanza que se tiene. Nada podría impulsar a un hombre a arriesgar su vida, a salir de su comodidad, si no es por algo que se espera.

La fuerza del cristianismo ha sido, es y será siempre su esperanza. “Todo lo puedo en aquél que me da la fuerza” (Fip 4, 13), diría el audaz apóstol. No hay esperanza más intrépida que la de la fe en Cristo. Ninguna esperanza como ella podría haber dado a los hombres el arrojo y valentía para cometer la locura del martirio. Así como no se podría ni siquiera vivir la lucha del evangelio sin la esperanza en Cristo.

Una vida cristiana auténtica conlleva siempre la lucha. Una lucha, sin embargo, que es sustentada por una enardecida esperanza. Aquella que inflama los pechos de los cobardes, que alienta a los decaídos, que alegra a los tristes, que vigoriza a los apocados, que arroja a los calculadores, que aguerra a los mezquinos.

Es eso el cristianismo en su más viva esencia: un amor valiente, una lucha arriesgada por una esperanza que nos viene de Dios. Ya el beato Anacleto González Flores, mártir de Cristo Rey, había entrevisto el cristianismo como “la doctrina del riesgo, de la osadía santa, de la santidad y del bien”. Él, en efecto, comprobó y firmó esto con su propia sangre. Los santos son hombres y mujeres que se han atrevido a creer en Cristo arriesgando vida, carne, prestigio, seguridades; que han corrido denodadamente el riesgo de esperar contra toda esperanza; que han tenido las agallas para amar de verdad. Tal y como lo hubiesen contemplado cientos de veces en su Rey y Esposo, Jesús, la persona más audaz que ha visto la historia. Y es que no se puede vivir la santidad, la verdad más profunda de nuestro ser, si no se asume el riesgo, sin el combate, sin el espíritu conquistador.

¿Quién podría alzar la voz para decir que no se requiere valor para amar al enemigo, para confiar en la Providencia amorosa del Padre “como los pájaros del cielo” o para no caer en la tentación? En definitiva, se requieren agallas para vender todas las perlas y conseguir así la perla preciosa, para levantarse y volver a la casa del Padre, para no perder la fe cuando ves que te empiezas a hundir entre las agitadas aguas del mar; se necesita valentía para perdonar siete veces siete, para no ceder a la desesperación después de negar al Maestro, así como para dejarse amar por un amor como el Suyo; hay que tener valor para ser sal de la tierra y luz del mundo, para ser puro de corazón y pobre de espíritu; hay que tener valor para perseverar en la oración, para no acoplarse a la opinión del mundo, para ir al mundo entero y proclamar el evangelio.

Hay que tener valentía para vivir el Evangelio. Se entiende mejor, así, la palabra de Jesús: “el Reino de los cielos exige esfuerzo, y los esforzados lo conquistan” (Mt 11, 12). Un esfuerzo, claramente, que va acompañado y sostenido por la esperanza en el poder y el amor de Dios. Un esfuerzo que con tal esperanza camina, directo y confiado, hacia la victoria.

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