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Abrir una puerta

Por Juan Pablo Rebollo, LC

ABRIR UNA PUERTA parece algo sumamente simple, casi banal. Durante algunas semanas he tenido el encargo de abrir cada día, a las 7.00 horas, las puertas de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe (una Basílica Menor que tenemos en Roma, justo al lado de la sede de la dirección general, donde vivo desde hace un año). 
Con gusto he realizado el encargo y de paso aprovecho para hacer ahí mi hora …de oración de cada mañana (ante “la Morenita” me siento como en casa). 

Lo de abrir la puerta fue cobrando más sentido cuando, mientras rezo, veo entrar y salir gente: una joven que cada mañana reza de rodillas su rosario, un señor que se pone como a hablar con el Cristo crucificado, una señora mayor que se pasa ratos largos sentada en uno de los bancos de la iglesia, algún niño que acompaña a su mamá quien le señala la Virgen y le cuenta alguna historia o le enseña una oración, o un hombre sin techo que me saluda y me cuenta sus problemas (¿y quién soy yo…?) y me pide un vaso de leche o algo para comer… 

Pero desde el miércoles pasado esto de abrir la puerta de la Iglesia se me ha hecho mucho más significativo y profundo. En la última semana, en Egipto, al menos 60 iglesias han sido quemadas o destruidas, y muchos cristianos asesinados. Me pregunto qué sentirán o pensarán hoy, en Egipto, los sacerdotes, religiosos, religiosas, o sencillos parroquianos al abrir los templos que siguen en pie para el culto; o qué experimentan los que hace una semana abrían las puertas, hoy reducidas a cenizas, de templos que ya no son más que escombros… 

He estado pensando que es realmente muy fácil y grato abrir las puertas de una Iglesia en plena Roma (aunque tampoco aquí falta quien “nos cante las 40” a la cara, simplemente por ser seminaristas); puede ser muy fácil, muy cómoda, mi fe. Pero no muy lejos de aquí, hoy, hermanos míos se juegan literalmente la vida abriendo una puerta que, por otra parte, no puede permanecer cerrada. Porque justo cuando hay sed, se necesita el grifo abierto; cuando hay enfermedad, necesitamos el acceso a un médico; cuando hay persecución, se acude instintivamente a los brazos del Padre bueno en quien estamos seguros.

Rezo por los cristianos perseguidos. Por los que hoy valientemente siguen abriendo de par en par las puertas por su fe y me encomiendo a los que, entregada ya la sangre, entraron a sus anchas por las puertas del Reino que esperaron en esta vida, y disfrutan ya, bien merecido.

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