Un Corazón, un Escudo

Si algo hemos aprendido de estos últimos años de purificación y renovación, es que la pregunta sobre el carisma versa más sobre lo que «eres» que sobre lo que «haces». De aquí que cada persona con su mundo interior, su historia, su psicología y su personalidad, sea un don de Dios para los demás. Que su carisma sea su misma persona.

El carisma de la Legión y del Movimiento están en lo que son, no en lo que hacen. Ahora bien, ¿es posible recoger en un signo visible, esa amalgama de carismas individuales que constituyen un carisma colectivo? Creemos que sí y por eso tenemos un escudo. Y cada parte este escudo es todo un compendio de la espiritualidad reflejada en las Constituciones.

El escudo como tal nos habla del espíritu de cuerpo (Cfr. n. 17), de un estilo de combate unido y organizado (Cfr. n. 3). El escudo refuerza el amor por nuestra identidad y misión (Cfr. n. 16), en defensa de la Iglesia y del Papa (Cfr. n. 14).

Su color rojo evoca el sentido contemplativo y evangelizador (Cfr. n. 12), mientras que el blanco nos invita a la pureza y el amor a María (Cfr. n. 15).

Las siglas A.R.T., reclaman la instauración del Reino de Cristo (Cfr. n. 11), y la cruz, la centralidad del misterio del Crucificado en nuestra vida (Cfr. n. 8).

La imagen de un corazón al centro encarna el culto al Sagrado Corazón (Cfr. n. 9); el fuego, el poder y la docilidad al Espíritu Santo (Cfr. n. 13) y la corona de espinas, la caridad (Cfr. n. 10).

Estos días pasados de cara a la solemnidad del Sagrado Corazón, nos han convocado un año más a embrazar nuestro escudo y, como dice San Pablo, «apagar con el todos los encendidos dardos del maligno» (Ef 6, 16).

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